Concursos y certamen
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  • IX CONCURSO DE MICRORRELATOS

    Getafe Negro, el festival de novela policiaca de Madrid, celebra su novena edición entre el 13 y el 26 de octubre con Argentina como país invitado. Nuestro concurso de microrrelatos de género negro, organizado por la Escuela de Escritores, se une a la celebración recordando a Isidoro Padori, el personaje que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares crearon para una serie de relatos detectivescos que publicaron bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq.

    Isidro Parodi es un peluquero encarcelado por un asesinato que no cometió y con un increíble olfato policial que le permite resolver los casos sin moverse de la cárcel. Así que desde la celda 273, os dejamos con Parodi y la frase con la que deberán comenzar los microrrelatos que se presenten al certamen en esta edición: “El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”.

    Podéis participar a través del formulario que encontraréis aquí, hasta el próximo domingo 23 de octubre. El ganador recibirá un premio de 300 euros y un curso de Escritura Creativa en Escuela de Escritores.

    Lee con atención las bases del concursorellena los datos del formulario.

    Y a continuación, escribe en él tu microrrelato. ¡Suerte!

     

  • FINALISTAS IX EDICIÓN

    El vis a vis

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Aquel era el día del vis a vis con su mujer, y para su desgracia no era ella. El traje y la barba mal cuidados presentaron al policía antes que éste abriera la boca. Suspiró mientras sus ganas se anegaban en el ruido carcelario. Inquirió al agente por los motivos de su visita y éste, incómodo dentro de su traje, le informó que su mujer llevaba tres días desaparecida. En el apartamento no había rastro alguno de violencia, notas de despedida ni otras pistas. Don Isidro, ya sin testosterona, comenzó una batería de preguntas que asfixiaron al agente, que prometió volver muy pronto con respuestas. Al día siguiente le llevaron a una sala de vis a vis. Una mujer policía le estaba esperando. Bueno, no es mi mujer pensó sonriente, pero qué más da, la otra tampoco lo era.

     

    Visitas al pueblo

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

    —¿Dónde están las armas, Parodi?

    Siempre igual. Cada cierto tiempo un inspector, un fiscal, un periodista, hasta familiares suyos le habían hecho esa misma pregunta.

    —Las tiene mi madre. Vaya a verla si quiere —respondía el penado con una leve sonrisa.

    Casi todos comprendían de inmediato que allí terminaba todo y se marchaban decepcionados. Pero los más tenaces incluso visitaban a su madre. Recorrían kilómetros y kilómetros de carretera mal asfaltada para encontrarse con una anciana medio sorda y ciega con evidentes síntomas de demencia. La señora los hacía pasar y les servía unas galletitas revenidas de jengibre y les hablaba de su Isidro cuando era pequeño.

    Salían de allí maldiciendo a Parodi, con el regusto rancio del jengibre pasado. La señora guardaba las galletas y se aseguraba de que el pimentón, la lavanda y el romero no dejasen escapar el olor a aceite y a metal de la alacena.

     

    Cenizas

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Una cita como aquella, de madrugada, sólo podía significar una cosa.

    -Vienes a matarme.

    -No te veo sorprendido.

    -Antes o después tenía que suceder.

    -Parodi, lo siento – dijo el hombre, prendiéndole fuego a la cama sobre la que descansaba el reo -, pero las órdenes son claras. No es algo personal.

    -¿Por qué ahora? Todavía soy muy rentable.

    -Se han cansado de esta ficción. De toda la ficción, en realidad.

    -Honorio, ya sabes que tú tampoco eres real, ¿verdad?

    -Sí, lo sé, lo sé... yo también tengo que morir – suspiró el escritor, sentándose a su lado, entre las llamas.

    -¿Es por lo del Nobel?

    -Entiéndelo, Parodi, han pasado unos días muy difíciles. Quieren deshacerse de todo su legado literario, y renacer de sus cenizas. Nunca mejor dicho.

    -¿Y cómo piensan hacerlo, exactamente?

    -A partir de ahora sólo escribirán canciones.

    -Ya... Les irá muy bien.

    -Seguro.

    -Abrázame, Honorio.

    -Abrázame, Parodi.

     

    Negras perspectivas

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Lo primero que pensó es que ya tenía bastante conmigo como testigo presencial de sus populares deducciones de barbero-pseudodetective —que, mira tú por donde, no resolvía su propia inculpación por un crimen que no cometió—. Sin embargo, él pronto se resignó a compartir su nueva vida con nosotras dos, y yo no tuve más remedio que asumirlo. Total, en qué podría perjudicarle una pulga a una araña en este calabozo pestífero...

     

    Perfil equivocado

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

    -¡Qué pasa Parodi!-dijo la inspectora con aires de superioridad- traigo la rueda de unos sospechosos. Estamos buscando a un cabrón que secuestra niños. Recuerdo que tienes un don.

    -¿Qué te hace pensar que os voy a ayudar? Sabes que estoy aquí por tu...

    -¡Cállate Parodi!. ¡No empieces! Las pruebas eran las que eran.

    -¿Unas tijeras?¿Soy el único peluquero del lugar? Creo que quieres tenerme aquí, solo para ti.

    -¿Vas a ayudar o no? Sabes que si ayudas la pena...

    -¡Será rebajada! Ese cuento ya me lo sé... Muéstrame a los sospechosos. -dijo sarcástico.

    El reo observó con detalle. Pómulos prominentes, mandíbulas cuadradas, miradas desviadas...

    -Os estáis equivocando, buscad a alguien con expresión más amable, capaz de ganarse la confianza de los niños. Alguien como...¡aquel!-expresó señalando al convicto 013.

    -No me tomes el pelo, ¡es un preso!

    - Comprueba sus permisos penitenciarios...

     

    Hello, Mr. Parodi

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante radiofónico. A petición del alcaide, le habían instalado un equipo de Radio Porteña para que emitiera un programa, «Consultorio negro y criminal», con el fin de evitar la afluencia de visitantes que entorpecían el desarrollo de la rutina penitenciaria.

    Su vecino de la 274, experto timador con grandes dotes oratorias, se ofreció para atender las llamadas cuando Parodi se ocupaba de la preparación del mate.

    «Es ella», susurró el ayudante. Resignado, cogió los auriculares, se colocó junto al micrófono y escuchó, por ser quien era, a la exuberante rubia oxigenada que hablaba desde el otro lado de las ondas. Ella contó un enrevesado episodio de celos, maridos y amantes. Después le pidió ayuda para encontrar a su verdadero amor que había desaparecido.

    Don Isidro Parodi suspiró y, pacientemente, aconsejó lo de siempre: que lo buscara bien, que no era la primera vez que perdía el frasco de Chanel número 5.

     

    Un traje elegante

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un hombre pequeño, tenía la barba cuidada, vestía un traje elegante. Sonreía confiado. Parodi recobró el interés. Su visita habló sin ceremonias: necesito su ayuda, señor Parodi. Hay un asesinato que desconcierta a la Policía, y dudo de que sean capaces de resolverlo. Ya veo, le dije, supongo que habla de la muerte del hacendado Ricardo de Otálora. En efecto, dijo, soy su pariente, y sentía gran afecto por mi tío. Dicen que usted no falla nunca en sus deducciones. Me halaga usted, contesté, y mandé llamar al guarda. Vino de inmediato. Y bien, ya conoce la respuesta al misterio, inquirió. En efecto, afirmé. La actual violencia campesina contra los terratenientes, fue el pretexto. La arrogancia de venir a mi celda a probar mis capacidades, el móvil. Y vestir un traje caro con unos zapatos baratos de jornalero, lo que le delató a usted. Guardia, prenda a este hombre.

     

    Una rubia nada grave

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No era plato de gusto que una rubia escultural contemplara las miserias de un hombre encarcelado. Hubiera preferido conocerla en otras circunstancias; ahuecar aquella melena con sus dedos, acariciar su cuello de cisne mientras se miraba confiada en el espejo, poner una corona de rulos sobre tan primorosa testa. Había llorado, un rastro de rímel tiznaba sus pómulos, lo que la hacía aún más sugestiva; vulnerable. De repente, un hilo de voz demasiado agudo salió de entre sus labios. No se correspondía en absoluto con aquella imagen divina. Parodi quedó tan afectado que ni siquiera comprendió una palabra de tan afilada jerga. Terminada la diatriba la mujer volvió a llorar y al salir, de espaldas y en silencio, recobró otra vez su estatus sagrado, dejando al condenado sin saber de qué diantres se le acusaba ahora. 

     

    En sus manos

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, pero no ocultó su interés cuando el guindilla le propuso recrear la vieja peluquería en su actual cubículo. Únicamente le pedía a cambio ese olfato que antaño le había servido para sacar algún durillo extra de los trapos sucios de sus clientes. Cortando y peinando sus manos escrutaron una por una todas las cabezas de internos y funcionarios. El único que no consintió que le pusiera la mano encima fué precisamente el alcaide, alegando alopecia severa. El comisario le felicitó y accedió a dejarle la barbería. Eso sí, se llevó tijeras y navajas y al alcaide esposado.

     

    Tenía todas las respuestas

    El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante que, para variar, interrumpió la ceremonia del mate. Cuando el intérprete políglota entró, Parodi echó un vistazo al pasillo y se percató de la cola que se había formado. Aquello parecía una auténtica Babel. Jaritos y Carvalho gritaban acompañándose de señas en griego y castellano. Didio Falco y Guillermo de Baskerville latinaban, al tiempo que Montalbano intentaba seguir la conversación; los de habla inglesa, tipo Marlowe o Spade, charlaban con nórdicos como Wallander o Sveinsson; los franceses, Adamsberg,  Servaz y compañía, cuchicheaban aparte. Incluso el chino Chen Cao se esforzaba para comunicarse con el alemán Bernie Gunther.

    Don Isidro Parodi suspiró resignado: tenía para todo el día. Abandonó en el suelo el jarrito azul celeste y se dispuso a escuchar.

    Siempre ocurría lo mismo: cuando limpiaban la biblioteca y desempolvaban los libros, ellos salían de entre las páginas para que el penado de la celda 273 resolviera sus casos.

 

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Isabel Cisneros 

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