Microrrelatos enviados

Dead Man Walking

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, pero la satisfacción acabó evaporando todo rastro de hastío.

Al fin y al cabo, para cuando la abandonó lo hizo muerto. Respirando, sí; caminando, también, pero acabado como solo podía dejarlo la sentencia que el Don le había susurrado con una sonrisa rocosa en un rostro hendido por el dogma de una vida consagrada a vivir por encima de todo y todos.

Que su contable creyera, iluso, que la apariencia de rutina alejaría las sospechas sobre el autor del soplo que le había llevado a esa celda casi le hizo reír. No lo hizo mientras le detallaba lo que le pasaría a su familia si no «arreglaba las cosas», pero después ya sí. Oh, sí; después sí. Cuando su visitante se fue, pálido, de esa celda que él esperaba abandonar también a no mucho tardar, se echó unas risas.

El bueno de don Isidro Parodi.

 

Bocanadas de libertad

El penado de la celda, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. La seducción se encarnó en las eternas piernas femeninas que entraron por la puerta. "La viudez alcanzada tras la muerte de su marido le sienta de maravilla", pensó. Su femme fatale particular le sonrió irónicamente. Del familiar bolsito negro sacó la cajetilla. Le ofreció uno. Negó con la cabeza. El carmín sangriento se posó en el cigarro y el humo del tabaco mentolado inundó su habitación. SU memoria despertó del profundo letardo que lo adormecía. Él y ella en la trastienda de la peluquería. Sus manos en las caderas huesudas. La boca, una sola. El pelo revuelto. La aparición del marido y la pelea. Un fuerte dolor en la nuca. La nada. Y después, ese olor a mentolado y muerte. La bocanada de la libertad que a ella se le abría. Una alianza tintineó en la basura. Sus ojos fulguraron en la penumbra. Se levantó. "Lo siento". Era ella.

El momento

, ni siquiera se levantó de la cama cuando este entró. El recién llegado tomó la silla que estaba en el rincón y se sentó junto al señor Parodi.

—Has tardado, ya ni te esperaba —dijo el preso.

—Era pronto, ahora es el momento.

Por el ventanuco se distinguían las nubes que discurrían despacio. El silencio en la prisión parecía artificial, nada era como siempre. Don Isidro dejó el libro que estaba leyendo sobre lo que pretendía ser una mesita de noche.

—Procede entonces.

Sobre la cama, en una breve estantería, descansaban cuatro libros mil veces leídos. La celda se iluminó: las nubes habían dejado a la vista a la luna que quiso asomarse y ver cómo don Isidro, sobre el camastro, por fin descansaba. 

La Muerte le cerró los ojos y salió por donde había entrado.

¿Cómo cambiar de trabajo después de un desahucio?

El penado de la celda 273, don Isidro Padori, recibió con algún desgano a su visitante, se quedó mirando su flequillo y pensó en arreglárselo en aquel instante.

Ella le miró con una sonrisa descubriendo sus propósitos y le dijo poniendo un libro sobre la mesa:

 

- Odio este tiempo, me deja el pelo fosco.

- ¿Y cómo dijo que se llamaba? -preguntó Padori mirando de reojo el libro que había dejado en la mesa.

- Cinco maneras de cambiar de trabajo.

- ¿Perdón?

- Es el título del libro. He resuelto su caso señor Padori, pero imagino que no antes que usted. Fue fácil, descubrí su móvil.

- ¿Es acaso periodista, abogada, policía?

- Soy maestra, y no se imagina lo difícil que es seguir siéndolo. No se preocupe, su secreto está a salvo conmigo.

 

Por primera vez Padori sintió la necesidad de sonreir con una mezcla de sorpresa y excepticismo.

 

- Es verdad -contestó el peluquero mientras arreglaba el flequillo de la maestra-. Este tiempo es un asco.

Visitas al pueblo

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

—¿Dónde están las armas, Parodi?

Siempre igual. Cada cierto tiempo un inspector, un fiscal, un periodista, hasta familiares suyos le habían hecho esa misma pregunta.

—Las tiene mi madre. Vaya a verla si quiere —respondía el penado con una leve sonrisa.

Casi todos comprendían de inmediato que allí terminaba todo y se marchaban decepcionados. Pero los más tenaces incluso visitaban a su madre. Recorrían kilómetros y kilómetros de carretera mal asfaltada para encontrarse con una anciana medio sorda y ciega con evidentes síntomas de demencia. La señora los hacía pasar y les servía unas galletitas revenidas de jengibre y les hablaba de su Isidro cuando era pequeño.

 

Salían de allí maldiciendo a Parodi, con el regusto rancio del jengibre pasado. La señora guardaba las galletas y se aseguraba de que el pimentón, la lavanda y el romero no dejasen escapar el olor a aceite y a metal de la alacena.

J. Dennis

El penado de la celda, don Isidro Parodi, recibió con cierto desgano a su visitante. Era la última visita. Parodi lo miró con ojos cansados. Su mirada parecía decir "vos no la mataste boludo, agarra calle y disfruta pendejo" pero él sabía que sí, que sus manos estaban manchadas de sangre. Que cada vez que cruzara la vereda, paseara por la difusa continuidad de algún parque o tomara café en una terraza parisina ella estaría allí.Su recuerdo latente, observando. Parodi dió vuelta y la visita concluyó: ya nada podía hacerse. Dejó en la celda su libro como regalo. Estuvo en la casa toda la tarde. Intentó comer. No pudo. Las malditas cucarachas salían del plato. Esta vez la neurosis las había pintado  amarillas. "Qué más da" se dijo enojado. Sueño o realidad  se confunden. Ella ya no estaba. La musa muerta pintando una rayuela interminable. Puso un disco de Charlie Parker, se sirvió un vaso de wishky y saco el revólver del cajón.

EL PREMIO MÁS ESPERADO

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Había examinado la noticia: la afamada intérprete Chiqui Martínez y la fotografía de una situación acalorada durante su premiación. Esto disparó los rumores. Ella siempre había negado cualquier tipo de violencia entre los dos. Después se reconciliaron y minimizaron lo que había pasado.

 

Todo habría ocurrido en la madrugada, cuando él llegó tomado. Ella no le habló para que no se enojara, pero al intuir en su silencio algún reproche él reaccionó violentamente. Despertó noqueada por un golpe y sin saber cómo, lo encontró tirado en un charco de sangre.

 

Parodi no lograba resolver un pequeño intríngulis en su mente. Y entonces la vio: en el fondo de la escena se veía una versión madura de su visitante, aferraba en la mano una estatuilla, se  percibía la angustia y el dolor latente de una mujer que llevaba mucho tiempo sufriendo el maltrato.

Incrédula miró la foto y comenzó a llorar.

EL TRUCO

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Cuando  extendió la mano franca para saludarlo, un extraño repelús le recorrió la espalda. Aquel extraño le llamó la atención; le mordió la curiosidad y ya sólo pudo liberarse repitiendo una extraña costumbre: cebó su mate en un jarrito celeste y, casi sin pensarlo, se lo ofreció al desconocido.

 

— ¿Qué se le ofrece, amigo?.

El desconocido apuró el mate. Mientras, cual hábil prestidigitador distraía a su presa con el ademán de devolvérselo, con la otra mano hacía el verdadero truco, esto es, asesinar a don Isidro Parodi en la celda 273. Al instante siguiente el hijo de Agustín R. Bonorino salió de la celda y se encontró al guardiacárcel. Todo parecía normal salvo una cosa; el cuchillo, que aún llevaba en la mano derecha, y el mate, que llevaba en la otra. Quedó detenido, acusado de homicidio. En pocos días se conocerá la sentencia.

TRANSMUTACIÓN

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Decían las malas lenguas que era un escritor mediocre, jubilado, de agudo e impiadoso sentido del humor. Traía con él un libro pequeño “La meditación”.

 

«Alguna cursilería»pensó Parodi.

 

Al darle la mano la presión inesperada lo hizo inclinarse, exponiendo su coronilla. Sintió la imposición de manos y un complejo de sensaciones provenientes de varios sentidos a la vez le recorrió los huesos y la piel.

 

Como si escuchara el ruido ensordecedor de miles de truenos estallando simultáneamente, Isidro Parodi súbitamente despertó.

 

Vengo a expiar mis pecados confesó con franqueza el escritor—. He trastocado su vida en mi beneficio. Cumpliré la condena por usted. Estoy en paz, puede irse.

A Isidro Parodi se le llenaron los ojos de lágrimas. Era libre. Antes sólo había vivido en la imaginación de Honorio Bustos Domecq, ahora podía vivir en sus zapatos.

EL PREMIO MÁS ESPERADO

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Había examinado la noticia: la afamada intérprete Chiqui Martínez y la fotografía de una situación acalorada durante su premiación. Esto disparó los rumores. Ella siempre había negado cualquier tipo de violencia entre los dos. Después se reconciliaron y minimizaron lo que había pasado.

 

Todo habría ocurrido en la madrugada, cuando él llegó tomado. Ella no le habló para que no se enojara, pero al intuir en su silencio algún reproche él reaccionó violentamente. Despertó noqueada por un golpe y sin saber cómo, lo encontró tirado en un charco de sangre.

 

Parodi no lograba resolver un pequeño intríngulis en su mente. Y entonces la vio: en el fondo de la escena se veía una versión madura de su visitante, aferraba en la mano una estatuilla, se  percibía la angustia y el dolor latente de una mujer que llevaba mucho tiempo sufriendo el maltrato.

Incrédula miró la foto y comenzó a llorar.

LA MUERTE ME PERSIGUE

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

— Verá usted, estoy aquí a instancia de un amigo en común. Hace un tiempo personas cercanas han muerto en diferentes circunstancias. Incursioné sin quererlo en cuanta calaña de curanderas y chamanes se me cruzaron hasta que caí en la cuenta que debía recurrir a alguien  indicado para resolver enigmas. Por eso vengo a depositar la suerte de mis días en usted. La muerte me persigue.

 

— Usted debe ser don Bustos Domecq, el escritor. Seré rotundo, las respuestas nunca han sido fáciles. El mundo es muy  confuso pero créame que todas esas muertes han sido escritas por usted.

Con un dolor punzante, Parodi percibió en la penumbra que lo rodeaba una sombra siniestra, recuperó la memoria. El extraño visitante, el amigo de Montenegro, repetía sin cesar mientras lo rasgaba vigorosamente con un abrecartas: Shhh… la parca sopla sobre nuestras nucas.

EL TRUCO

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Cuando  extendió la mano franca para saludarlo, un extraño repelús le recorrió la espalda. Aquel extraño le llamó la atención; le mordió la curiosidad y ya sólo pudo liberarse repitiendo una extraña costumbre: cebó su mate en un jarrito celeste y, casi sin pensarlo, se lo ofreció al desconocido.

— ¿Qué se le ofrece, amigo?

El desconocido apuró el mate. Mientras, cual hábil prestidigitador distraía a su presa con el ademán de devolvérselo, con la otra mano hacía el verdadero truco, esto es, asesinar a don Isidro Parodi en la celda 273. Al instante siguiente el hijo de Agustín R. Bonorino salió de la celda y se encontró al guardiacárcel. Todo parecía normal salvo una cosa; el cuchillo, que aún llevaba en la mano derecha, y el mate, que llevaba en la otra. Quedó detenido, acusado de homicidio. En pocos días se conocerá la sentencia.

Un crimen no tan perfecto

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante de botines lustrosos. El recluso permaneció tumbado en su camastro sin quitar la vista de su libro roído por las ratas.

Perdone usted el desorden—dijo Parodi.

—Se preguntará cuál es la razón de esta visita.

Parodi pasó página en su libro. 

—El ilustrísimo Vetusta, siempre fiel cliente de mi peluquería. Sé yo muy bien por qué está aquí 

Los brillantes botines resonaron en la celda. La sombra de Vetusta se abalanza sobre Parodi.

—¡Oiga usted que me tapa la luz! —exclamó don Isidro Parodi viéndose obligado a dejar el libro—ahora que ya sé quién es el asesino déjeme disfrutar de la victoria.

—Está usted chiflado Parodi.

—Vetusta, es que me lo pone usted en bandeja. Ya que se pone a matar hágalo usted mejor.

—Se pudrirá usted aquí y yo salgo libre. El crimen perfecto.

 

—Repítase, que don Gonzalo no oye muy bien del izquierdo.

 

El golpe

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a un visitante. Era un antiguo socio.

 

 

-Vaya, ¿aún te acuerdas de los viejos amigos? –dijo Parodi.

-Todos te recordamos. Y te agradecemos que no hablaras.

-Sabes que no soy una rata. ¿Y para agradecérmelo me has traído un pastel?

-Sí, de moras. Y además, vamos a sacarte de aquí.

-¿Cómo? –preguntó Parodi.

-Dentro del pastel hay una cápsula. Tómatela esta noche. Empezarás a vomitar y tendrán que trasladarte al hospital en ambulancia. Nosotros interceptaremos esa ambulancia.

-¿Por qué lo hacéis?

-Jonás nos ha encargado un trabajo importante. Solo tú puedes abrir esa caja fuerte.

-¿Todavía trabajáis para Jonás? Jonás me odia. Le robé a su mujer.

-Pero sabe que sólo tú puedes abrir esa caja. Jonás es un hombre de negocios.

-Sí. Por eso me liquidará en cuanto el trabajo esté hecho.

 

-Puedes negarte y  pasar los próximos siete años entre rejas, o arriesgarte…  ¿Sabes? Creo que ella aún te quiere.

Libre por los pelos

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

- Por el amor de Dios, Silvia, dígame que trae el peine.

- Me he jugado el cuello por esto, Parodi. - reprochó sacudiendo el objeto. - Si se enteran en comisaría...
- La invitaré a un café.

 

La detective bufó. Tomando el peine, el peluquero extrajo cuidadosamente un cabello negro. Lo estudió con detenimiento buscando algo a lo largo del folículo. El momento del descubrimiento se marcó en su rostro.

 

 

- ¡Por fin!
- ¿Qué?
- ¡Dios! Y las fechas coinciden.
- ¿De qué hablas?
- ¡Mire! - dijo señalando un punto en el pelo.
- No lo veo.
- Hay una discontinuidad. Cerca del folículo cambia la textura.
- No lo veo.
- Meta este pelo en agua oxigenada y el tinte quedará expuesto.
- Parodi, ¿estás diciendo que te tendieron una trampa?

- La coartada del sospechoso número dos de mi caso acaba de volatilizarse. Se tiñó el pelo de mi color, cometió el asesinato...
- ¡Y volvió a teñirse a su color natural! – interrumpió.

Cenizas

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Una cita como aquella, de madrugada, sólo podía significar una cosa.

-Vienes a matarme.

-No te veo sorprendido.

-Antes o después tenía que suceder.

-Parodi, lo siento – dijo el hombre, prendiéndole fuego a la cama sobre la que descansaba el reo -, pero las órdenes son claras. No es algo personal.

-¿Por qué ahora? Todavía soy muy rentable.

-Se han cansado de esta ficción. De toda la ficción, en realidad.

-Honorio, ya sabes que tú tampoco eres real, ¿verdad?

-Sí, lo sé, lo sé... yo también tengo que morir – suspiró el escritor, sentándose a su lado, entre las llamas.

-¿Es por lo del Nobel?

-Entiéndelo, Parodi, han pasado unos días muy difíciles. Quieren deshacerse de todo su legado literario, y renacer de sus cenizas. Nunca mejor dicho.

-¿Y cómo piensan hacerlo, exactamente?

-A partir de ahora sólo escribirán canciones.

-Ya... Les irá muy bien.

-Seguro.

-Abrázame, Honorio.

-Abrázame, Parodi.

 

Detrás de la puerta

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Al oír llamar a su puerta dejó escapar un tedioso “adelante”. Esperaba encontrar a uno de esos ineptos funcionarios escondidos bajo una corbata que iban a preguntar cómo resolver un homicidio, o a un carcelero que traía su habitual gélido almuerzo con bastante adelanto respecto a la hora prevista. Pensó que quizá fuera algún viejo cliente de su negocio peluquero que no se atrevía a entrar a aquel féretro de la libertad, pero al no percibir movimiento detrás del libro que leía, vigiló con disimulo la entrada de su celda por encima de aquella joya literaria.

Sus párpados se separaron despacio, dejando ver unas impresionadas pupilas. Cayó de sus manos la gruesa obra que leía. Su respiración quedó entrecortada y sintió frío y calor, al mismo tiempo.

Allí, después de tantos años, con una lágrima acariciando su mejilla y sosteniendo el bolso beis que le regaló, estaba ella.

Mensaje

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Apenas giró la cabeza al verlo aparecer y volvió a su punto fijo en la tercera baldosa de la estancia que le había hecho por fin claudicar. No lesionó. No mató. No perjudicó nunca a nadie. Pero la confesión le haría cambiar de módulo, rebajar la pena, salir quizá algún día. Nada más esperaba.

 

El pequeño periquito amaestrado había entrado por la reducida ventana y ahora picoteaba la colchoneta hedionda, cerca de la mano del destinatario de su mensaje.

 

Don Isidro por fin se percató de la verdadera misión del animal. Lo agarró con delicadeza pero demostrándole que debía estar quieto. En su patita, arrollado, se encontraba un pequeño papelito.

“Isidro, sé fuerte”. Y el pájaro voló.

Lealtad

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.  Se sentaron. El visitante le preguntó que cómo estaba. Parodi le contestó que “mejor que nunca”. El visitante le felicitó por no haberse ido de la lengua; le dijo que él también aguantó seis años a la sombra y que había que hacerlo como un hombre. También le comentó que los negocios iban viento en popa, que habían hecho un nuevo trato con los mejicanos y que los chicos le enviaban saludos. Parodi quiso saber de su mujer, y el visitante le dijo que no debía preocuparse, que “él se encargaba de ella”. La manera en que pronunció esa frase hizo pensar a Parodi que lo primero que haría cuando saliera del penal, cinco años y un mes después, sería volarle la tapa de los sesos al hombre que tenía enfrente.

RE-VES

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Se trataba de Rebeca, a quien no veía desde hace meses.

 

Parecían dos desconocidos. Sin hablar. Sin mirarse. Hasta que ella soltó una lágrima y comenzó a contarle lo ocurrido: las pruebas habían salido a la luz y el mismo Vespa era uno de los culpables del asesinato de su propia mujer. Isidro lo supo desde un comienzo, sabía que Vespa era infiel y había buscado la manera de deshacerse de ella. Pero nadie le creía. Nadie, ni la propia Rebeca.

 

Isidro, sonriente, sabía que ahora demostrada su inocencia podrían regresar a casa. Levantó su cabeza y trató de cogerle las manos, pero no pudo. También habían hallado a la otra culpable. Rebeca se levanta y se despide entre lágrimas, mientras dos guardias la escoltan.

 

Pensar que alguna vez Isidro llamó esposa a esa mujer.

El tesoro del comisario

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante: ese encuentro tenía un tufillo a nuevo caso. González había sido el causante de su captura. El único que había sido capaz de leer entre las líneas de las pistas que dejaba. El único que podía lidiar mentalmente con él; pero sabía que esta vez había algo diferente.

Un manto de sombras cubría el rostro del comisario. Supo que ese caso afectaba al sabueso personalmente cuando comenzó a hablar. Su voz débil y temblorosa describiendo la desaparición de su hija sacó a Isidro de la hibernación en la que le sumían esas cuatro paredes. Nada, ni una pista, ni una nota. Su hija se había esfumado.

Segundos más tarde González le entregó un papel: un permiso para salir y colaborar en el caso. En ese momento supo que todo iba sobre ruedas. En pocas horas se encontraría con su amada, la hija del comisario, con la que había planeado todo.

Negras perspectivas

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a suvisitante. Lo primero que pensó es que ya tenía bastante conmigo como testigo presencial de sus populares deducciones de barbero-pseudodetective que, mira tú por donde, no resolvía su propia inculpación por un crimen que no cometió—. Sin embargo, él pronto se resignó a compartir su nueva vida con nosotras dos, y yo no tuve más remedio que asumirlo. Total, en qué podría perjudicarle una pulga a una araña en este calabozo pestífero...

Libertad inesperada

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. La Srta. Doris lo había planeado todo para su regreso a la libertad: una nueva vida llena de trabajo cotidiano, familia, amigos y actividades para matar el tiempo. Sin embargo, ¿quién le había consultado qué era la libertad para él? ¿Quién había decidido que la libertad podía estar planeada?

Una nube de pesadumbre se apoderó de él, marchitándolo hasta el fondo del túnel que cavaban como una flor sin sol ni agua. Echó la vista a un lado y vio su mano sosteniendo una de las herramientas. De repente, resucitaron la luz y pasión que le daban vida en su interior.

 

 

Así, sin quererlo, ya había resuelto un nuevo caso: la muerte de la Srta. Doris y la suya propia.

La clave

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era la décima vez esa semana que uno de esos hombrecillos escondido bajo chaqueta y corbata iba allí a sonsacarle información. O a intentarlo, pues nadie lo había conseguido hasta entonces.

El portón se cerró y ante él, sosteniendo un maletín de cuero más brillante que la tez de sus botines, permaneció inmóvil durante unos instantes un elegante funcionario de mediana edad.

Parodi, se nos acaba la paciencia musitó despacio y amenazante, sosteniendo un habano con los dientes.

Isidro, tumbado en el camastro de su celda, levantó la mirada del libro que leía y ojeó en silencio a su inoportuno huésped. Apenas tres segundos le bastaron para ver el odio que emanaba de aquel rostro. Tenía unos ideales fuertes y un secreto que guardar. Ignoró a su visitante y a su arma, que le miraban impacientes.

 

Parodi murió, rápido, pero su secreto nunca se llegó a saber.

Fueron Ellos

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

Escuchó, displicente, la descripción pormenorizada que le hizo de los escenarios, la supuesta hora de los hechos, y los dichos y declaraciones de los testigos. El interés de Parodi apenas se despertó cuando el visitante entró de lleno en el detalle de rastros y señales.

 

- Tenemos serias dificultades para establecer el modus operandi, los psicólogos hablan de desdoblamiento de personalidad, unas formas de hacer contradictorias: como si a la hora de los hechos alguien hiciera y otro deshiciera, algo hecho de a dos… es verdad, podría tratarse de algún desquiciado, si no fuera porque coexisten más de un rastro de adn y huellas dactilares.

 

- ¿Cuántas huellas? - interrumpió Parodi.

 

- Dos

 

- ¿Identificadas? ¿Tiene sospechosos?

 

- Sí… apellidado Bustos, uno de ellos.

 

- Y el otro un tal Domecq ¿no?– agregó, apenas entusiasmado, Parodi, mientras volvía, de a poco, al desgano de todos los días.

 

 

 

 

 

El rey de la ciudad

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a un visitante. Este se levantó las gafas de sol.

-Señor alcalde. No le había reconocido –dijo Parodi.

-¿Cómo se encuentra, don Isidro? ¿Le gusta el caviar que le mando?

-Los he probado mejores.

-¿Y qué me dice de las chicas? Son las mejores profesionales de la ciudad.

-No me mande tantas. A veces no me caben en la celda.

-Don Isidro, tiene que ayudarme. Se acercan las elecciones y voy por debajo en los sondeos. Necesito algunos votos.

-¿Cuántos?

-Unos trescientos mil.

-… Muy bien. Pero a cambio, desde ahora, la policía local se encargará de hacer entregas para nosotros.

-Pero, don Isidro, ya hacen la vista gorda. Los agentes no querrán traficar con droga si no se llevan tajada.

-Dígales que les subirá el sueldo un diez por ciento.

-… Como usted diga, don Isidro. ¿Necesita algo? ¿Una pantalla de plasma? ¿Una celda más grande?

-¿Sabe?  Me gusta su mujer.

Sin título de propiedad

 

Normalmente iba a verle Ramírez buscando consejo para desatascar alguna investigación en punto muerto.

 

 

Sin embargo, en esta ocasión se presentó Estévez.

 

 

-        ¿No viene Ramírez, como siempre?

 

-        No. Han matado a su novia.

 

 

Le enseñó la foto de una mujer acostada en el sofá con las manos entrelazadas sobre su estómago. Tenía una herida en el costado. Se veía un cuchillo en el suelo.

 

 

-       Así que Ramírez ha matado a su novia.

 

 

Estévez lo miró estupefacto. Parodi continuó:

 

 

-        Lo hizo en pleno arranque de furia, con lo primero que encontró. Luego, colocó el cadáver con extremo cuidado, arrepentido.

 

-        Un crimen del estilo “la maté porque era mía”.

 

-        Más bien “la maté porque no era mía”. Ella no aceptó vivir sometida y él no lo  pudo soportar. Ahora tenéis que daros prisa o llegaréis tarde.

 

 

De repente, sonó un disparo. Estévez comprendió. Ya era tarde. Ramírez se había suicidado.

 

Condena y pena.

 

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No era para menos, puesto que no era hora ni día de visitas, pero ella estaba ahí, a su horario acostumbrado y con la mirada fija. Él, pagando una pena mínima por desacato al pago de pensión alimenticia. Ella, sabiendo que la pena era otra: la de la injusticia. Después de la condena ya no habría que mantenerla; ni a ella ni a sus hijos, ni a la mentira de la inocencia, total, ya todo estaba juzgado. Ella estaba ahí, como cada día, como estará siempre, con la diferencia de que él no siempre será el penado de la celda 273, pero siempre será el culpable.

 

Tercer grado

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, que visiblemente no le aportaba para su evasión ni una lima, ni una botella de licor ni mucho menos una jovencita. Tampoco le vio un gesto de traer buenas noticias.

—¿Cómo está hoy, señor?

—Entre rejas, como desde hace dos años.

El fastidio del reo hacia su abogado se transformó en franca antipatía, y ni siquiera el paquete de Mikado de chocolate blanco consiguió borrarle del rostro una acritud, herencia de los Parodi.

—Me estás dando largas con estas golosinas, y yo quiero que asustéis a los jueces para estar fuera de aquí en dos semanas.

Fingiendo entender el mensaje, el abogado se marchó sin decirle que, tras una defensa deliberadamente torpe, le darían la perpetua, que abandonaba el caso y que, como sus hijos, dejaría el país con los bolsillos llenos.

La Cita

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Recibió la extraña proposición oculta en un libro. ¿Quién querría su libertad? Las instrucciones eran claras. Las cumplió a rajatabla sin saber por qué. Concertó la visita. Vistió las prendas obtenidas con sobornos. Repasó la lista. Limpieza exhaustiva. Corte de pelo. Afeitado concienzudo. Muda blanca como el resto de la ropa, incluido el traje. Quizás fuera una cita romántica. La desgana nacía del miedo a la frustración.

 

El taconeo seguro acompañó a la muchacha de cimbreantes caderas. Al llegar a su altura, buscó su boca con avidez succionando la lengua al tiempo que le clavaba el estilete en el vientre. La mano y la lengua giraban al unísono en círculos concéntricos. El rojo de la sangre empapó la inmaculada blancura.

 

 

 

Dando un paso atrás, Adriana contempló su obra. Limpió meticulosamente el estilete y se alejó sin voltear la cabeza. A su espalda el penado 237 agonizaba entre estertores. 

El recuerdo escondido

El penado de la celda 273, don Isidoro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Mientras, la lluvia del exterior resonaba y las ideas en la cabeza de Isidoro se agolpaban, intentando recordar la noche que le metió entre esos muros.

Esas visitas que organizaba Sofía, no estaban surtiendo efecto e Isidoro estaba empezando a perder las esperanzas de poder salir de allí. La desgana hizo que se tirase en la silla como si el ir desde su celda hasta la sala de visitas le hubiese agotado.

 

Entonces miró al frente, hacia el visitante que empezó a quitarse capas de ropa, las cuales parecían demasiadas para el calor de esa pequeña sala. Debe hacer mucho frío fuera, pensó don Isidoro. El visitante terminó quitándose los guantes, dejando una pequeña mancha en su mano derecha al descubierto. En ese momento, el penado de la celda 273, don Isidoro Parodi, recordó algo.

INFIDELIDAD

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. ¡Una infidelidad! ¡Para lo que había quedado! No le apetecía nada ese caso, pero necesitaba mandar dinero a casa. Gastó su vis a vis para darle buena impresión y no recibirle a través de un cristal.

El cliente, un hombrecillo bajito, le saludó con un fuerte apretón de manos.

-        -Veamos. ¿Cómo se llama su mujer?

-        -No es mi mujer, se llama Emilio

Isidro se sorprendió, no lo esperaba, pero intento disimularlo

-        -¿Y quiere saber si le es infiel?

-        -No, eso ya lo sé, me lo ha confesado en un carta

-        -¿Entonces que quiere?

-        -Venganza- y diciendo esto se abalanzó contra el señor Parodi rodeándole el cuello con sus manos.

 

Mientras que éste exhalaba su último suspiro, comprendió que significaba la inicial E,  que veía en la camisa de su compañero de celda cuando éste la dejaba a los pies de su cama cada noche.

MAQUILLAJE MORTAL

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Le conocía de antiguo, por lo que accedió a escucharle.

-       Mi hijo  no tenía ningún enemigo que quisiera envenenarlo, solo se dedicaba a su negocio de telas exóticas, y nunca había tenido ningún altercado con nadie. No podemos explicarnos quien ha podido matarle.

-       ¿Cómo murió?

-       Envenenado por un compuesto de plomo. Según el forense el envenenamiento se había producido con pequeñas dosis que el cuerpo fue almacenando durante la última semana.

-       Durante esa última semana ¿hizo algo fuera de lo normal?

-       Solo estuvo visitando un nuevo club  que le había encargado unas sedas para vestir a sus camareras de geishas.

-       ¿Cuanto tiempo estuvo yendo al club?

-       Iba todos lo días y regresaba muy tarde con la ropa manchada de maquillaje blanco. Creemos que mantenía  alguna relación con una de las camareras.

 

-       Su hijo no ha sido asesinado, ha muerto de pasión.

Hombres Malditos

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Marcelo, pensó; “¡Otro pobre mierda más!”.

 

Para Marcelo era otro estúpido cabrón más, - a saber lo que habrá hecho este -, pensaba. Lo cierto es que ya no le importaba. Le gustaba ver como maltrataban a los nuevos, se jactaba de las humillaciones a las que les sometían, e incluso el mismo les humillaba después de que los vejaran.

 

Marcelo no siempre había sido así, pero ya había perdido la confianza en el Estado y en las personas, y disfrutaba con todo lo que implicara dolor y sufrimiento hacia los demás.

 

 

Al contrario que don Isidro, que siempre pensaba en las segundas oportunidades. Creía en la justicia, aunque sabía que no había tenido suerte con ella, si no, el no estaría allí, acusado injustamente de haber matado a un hombre a sangre fría.

¡Esa familia!

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

De su benefactora Micaela, recibía billetes.

 

 

La miró divertido; él, condenado injustamente por el robo de la gran esmeralda, tenía a la verdadera criminal en sus manos. Contó el dinero.

-           ¡Bien! ¿Sabe usted quién es el verdadero ladrón? -inquisitivo.

  Silenciosa, huyó pensando: “Sinvergüenza. ¡Robó la gran esmeralda!  Terminemos ya con esto.”  

 

Un cuchillo atravesó el abdomen de Parodi.  Severiano, el No. 345, soltó el arma y desde su celda, llamó a su hermana.

-¡Muerto, Micaela!

-Bien. ¡No más chantajes!

- Envíame dinero.

- ¡Nunca!

 

Una bala atravesó el corazón de Micaela. Severiano sonrió cuando su hijo Roque confirmó su muerte.

 

Severiano leyó el testamento familiar: “Isidro Parodi, hijo natural de mi hija Micaela, adoptado por un tal Parodi y probada su nobleza: heredero universal”.

Sobreviviente, Parodi se acercó:

-           ¡Estafadores, ustedes!

LA MANO

 

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

- Buenas tardes señor Parodi, ha costado que me dejaran verle.

La mujer soltó su bolso en una de las sillas vacantes, ocupó la unica que quedaba libre y cruzó unas bien torneadas piernas.

- ¿Qué quiere? No tengo nada para usted.

- Se equivoca amigo. Tiene mucho para mi, mas de lo que imagina.

- No se dónde está la mano, se lo dije por teléfono. No la tenía cuando...

- ¡Cuando lo acuchilló! y bien? ¿Qué opina usted? ¿Quién se la cortaria justo unos minutos antes de que usted llegara?

- Ella, seguramente. La otra jajajajajaja - El hombre reia exageradamente mostrando una dentadura incompleta y ennegrecida. La mujer torció la cara con un gesto de asco.

- ¿Por qué lo haría "ella"? ¿Por qué?  ¡Bastardo de mierda!.

-  Usted ya lo sabe, no necesita que yo se lo diga.

- ¡No lo se imbécil!  ¿Acaso crees que de saberlo estaría aqui? ¡Me repugna¡

- La huella anular.

Los servicios de Falco

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a un visitante.

-¿Quién es usted? –preguntó Parodi.

-Me llamo Elías Falco. Soy detective privado.

-¿Qué hace aquí?

-Me envía su mujer. Quiere saber dónde escondió el botín.

-Claro. ¿Y por qué no viene ella misma a preguntármelo?

-Se mudó al norte. No debería decírselo, pero ahora vive con otro hombre. Por eso me ha contratado.

-¿A un detective? ¿Por qué?

-Bueno, ofrezco otros servicios. Por ejemplo, conseguir que se  cometa un asesinato dentro de la cárcel.

-Mi mujer quiere que le diga dónde está el botín y, cuando eso ocurra, que alguien me acuchille en el patio, ¿lo he entendido bien?

-Muy bien. Pero también puedo ofrecerle mis servicios a usted. Por, digamos, la mitad del botín.

-Hagamos un trato… Le daré el botín completo, si mata a mi mujer…

-Acepto –interrumpió Falco.

-Y después, me saca de aquí -continuó Parodi-. ¿Puede hacerse? 

-… Todo puede hacerse, con dinero.

Botín

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Al estrechar la mano de Leopoldo, volvieron a Isidro las fechorías de juventud. “Isidro, tenemos por fin al heredero de aquella plata que dejamos bajo un arco de piedra,” le murmuró al oído. El corazón de Isidro agolpaba, otra vez, las escarlatas. “Se llama Juan”, continuó Leopoldo, “y le he enseñado a escribir con sangre en el espejo. Nos ha prometido cuidar la plata con una hoz de oro”. Dichoso y moribundo, Isidro sólo pidió que no olvidara dar el anuncio al irlandés de la celda 275, el que se protegía al manto de la negra luna trágica.

La última visita

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante

El visitante se sentó muy despacio. Cabeza gacha, porte firme. Con voz desvalida  pero clara dijo:

Tu último enigma...¿Quien soy?.

Vos sos un huacho...dijo Parodi con desgana.

Vaya!...Acertaste una vez más...Soy tu creador. Borges para los amigos.

Y tras 21 años D.Isidro Parodi palmó.

El inocente.

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Don Isidro Parodi no tenía ninguna intención de recibir visita, sentía que su vida había acabado para siempre después de todo lo sucedido. Cuando se sentó para recibir a su visita, ambos se miraron a los ojos fijamente, estaba sentado frente a su abogada.

 

Hacía unos meses se produjo un terrible asesinato en uno de los callejones de la ciudad, en ese momento pasaba Isidro Parodi, un hombre que salía de trabajar y que cada día llevaba el mismo recorrido para regresar a casa. Vio un cuerpo tirado en el suelo y quiso investigar qué había pasado, tocó el cuerpo de aquella joven y las únicas huellas que delataban quién pudo ser el asesino solo eran las suyas. No había testigos ni nada que pudiese delatar al verdadero asesino. El caso quedó cerrado cuando culparon únicamente a Isidro Parodi.

Él lo sabía

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante

- Hola inspector. ¿Qué quiere hoy?

- Pronto saldrá de la cárcel.

- ¿Algo nuevo?

- Sé con quien estuvo Ana antes de morir. 

- ¿Y?

- He localizado a su hermana gemela. Adecuadamente vestida y maquillada se presentará en su casa. Se delatará.

- Nunca mencionó a su familia.

- Llevaban tiempo sin hablarse.

- Gracias por creer en mi inocencia.

- Funcionará.

- ¡Ojala!

- Ahora necesito que me sigas ayudando. Comprobé lo que me dijiste. El cuchillo pertenece a un juego de cocina de los vecinos de la victima.

- Lo esperaba. Tiene que llevar a los dos a esa cocina, por separado, y fijarse en la reacción al abrir el cajón y poner el cuchillo en su sitio. Así sabrá quien fue.

- Tú sabes quien fue…

- Si, pero usted no.

- ¿Entonces?.

- Esté atento a la reacción del marido de la victima.

La espera

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Sin apartar los ojos del libro que estaba leyendo, se había limitado a señalar la silla invitando así al visitante a tomar asiento. Llevaba muchos años encerrado, pero más que los años en sí, incluso más que la privación de la libertad, lo que le estaba haciendo viejo era ese tiempo detenido donde el aburrimiento se instalaba en la celda. Ni siquiera dormir le era reconfortante, ya que incluso los sueños, que antes le transportaban a su añorada peluquería, ahora se habían quedado presos entre esas cuatro paredes. Por eso, cuando se encontraba con una lectura que le hacía disfrutar, no estaba dispuesto a interrumpirla por la visita de un comisario o abogado en apuros y les hacía esperar hasta que consideraba oportuno.

- Es el primero que no ha dicho ni una palabra - Dijo mientras cerraba el libro y se quitaba las gafas.

ZARPAZOS

 

ZARPAZOS

Soy blanco, soy negro, amarillo marrón y a veces de rayas que me cruzan la frente como un buen criminal. Lo vi meterse en la casa del frente o al menos así vieron mis retinas. Fue de noche, yo, acodado en mi balcón, él, husmeado sobre los cuartos. Me dijo que vio una parejita haciendo cosas en la cama. Quedó impresionado y a la vez rióse de aquel acto tan ilusorio como furtivo. Ellos se van pero a la cama siempre vendrán otros amantes. ¡Qué importa! 

Me comen las uñas, me lamo el cuerpo amarillento repleto de arañazos nocturnos. Siento que voy a salir volando por los aires al ver esta gente en su cuarto de luces mortecinas agitando sus pelvis: ¡Rico! ¡Rico! ¡Dale y no pares! 

Te amaré toda la vida

Todos los años los meses y los días

Mientras pueda latiiiirr mi corazooooonnnn….

Sonó a volumen bajo un bolero de aquellos que golpean el alma: Javier Solís. 

Tuve una extraña sensación hasta no poder distinguir si soy el que estuvo acodado en el balcón o el que se lame las uñas en el cuarto donde copulan y se endilgan promesas insulsas con aquellas palabritas propias de las consultas psiquiátricas: siempre, todo, nada, nunca y jamás. Pegué un brinco no sé si desde el balcón o desde la oscuridad del papel, las estrellas de la noche al menos parecieron mirarme al igual que una lucecilla roja titilando en lo alto de una torre, cansado de la rutina, olisqueando entre susurros jadeantes, cayendo de estrépito sobre ésta gente sudada. La mujer, con sus piernas abiertas, dispuestas a tragarse el mundo, pegó un grito fabuloso:

–Aaaaaaaayyyyyy….. Papi –vociferó la hembra–, es un animal lleno de escamas y uñas, qué riiiicoooooo y mi estorbo de viaje hoy. ¡Divino! 

–Mi amor –añadió el come muslo sorprendido– es un maldito gato. ¡Agárralo! ¡Fuera de aquí felino al carajo!

El sujeto, alto, de bigotes negros, cejijunto, prendió en cólera y se levantó a encender las luces. Yo, entre las piernas de la mami olisqueaba una gruta de hedores poco limpios y mis pezuñas relamidas en sangre quedaron. Brinqué otrora hacia un clóset.  La mujer abierta de par en par, el hombre primero me apuntó con un libraco lanzándomelo sin piedad mientras yo me escabullía entre las sábanas ensangrentadas. La biblia, vi la portada. 

–¡Wuiiiusss! ¡Wuiiiiuussss! –Bramé reiteradamente– en el brinco. 

–¡Mátalo! ¡Por favor! –Susurró la fémina en sus últimos aires.

 

Sonaba el estribillo de la misma canción:   

Te amaré toda la vida

Todos los años los meses y los días

Todas las horas y todos los instantes

Mientras pueda latiiiirrr mi corazoooooonnnnn….

–Se metió en el armario –gritó la adúltera quien se había metido la biblia entre sus piernas– ¡Mátalo! ¡Mátalo! Estoy desangrándome, me voy, me voy, Pensé que era tu…

En medio de ropas, medias, afiches, carpetas, relojes, perfumes y fajos de billetes traté de ocultarme. Mi lengua ríspida volvió a lamer mis pezuñas y la sangre cayó en mi garganta con brutal divinidad purpurina. La mujer yacía tendida en la cama con las sábanas ensangrentadas y su caverna milagrosa como carne mechada quedó, porque cuando salté caí en esa selva de bellos achicharrados con mis filosas garras. 

–¡Maldito gato! Te voy a matar –Gritó el hombre enardecido– al ver muerta su concubina, una chancera de a cinco lochas. 

Sentí el clic de algo que sostenía la mano del sujeto pero yo también me había montado sobre otro gatillo de una varita de madera que colgaba en el closet, y para cuando el hombrecillo abrió el armario volví a brincar: ¡Booommm! Sonó un plomazo de aquella varita mágica con que apoyé mi brinco de sangre gatuna. Me levanté nuevamente.

El sujeto cejijunto tenía un boquete en medio de su barriga. Lamí el gatillo para que los forenses no me acusasen en la fiscalía. Los gatos de allí son otro emplasto de baratas lecturillas. Brinqué sobre los cuerpos exánimes marchándome al instante no sin antes orinarme sobre el sujeto y el librito que estaba en la abertura de la hembrita.

Eso les pasa por retarme a mí que soy camarada de las techumbres nocturnas –pensé– en el balcón esperando otra noche por venir. Ya aprendí lo que es un bolero en la cama de otro.  

José A. Morales
(Vautrin)

Dilación

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No estaba para entrevistas, pesaba sobre él la falta de sueño y el desánimo. Le había afligido el último caso. Su respiración era dificultosa por la fatiga. 

 

Se dispuso a mostrarse educado con la visita, hasta que sus ojos se encontraron... instantáneamente supo quién era. Su viejo cuerpo se tensó.

—¡Marchate! —le dijo—¡Ni soñés que mi final sea este!

Ella le miró indiferente y permaneció  inmóvil.

—¿No me oíste, boluda de mierda? ‎—le increpó con olvidada ira— ¡Dale, marchate y no me busqués hasta que esté fuera! —

Le devolvió una disonante risotada y, obediente, la muerte se dio la vuelta‎.

 

EL DESGANO

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Era su mujer, era ella, y su madre junto con su fallecido padre y sus hermanos, todos estaban allí, pero ninguno hablaba, solo le miraban... Aunque el desgano no era producido por ese silencio, sino por su presencia allí, sabía que era la última vez que les vería, había llegado el final. Pero antes de todo vió algo, un pequeño retoño en los  brazos de su esposa, tal vez era una oportunidad perdida o un hijo del que no sabía su existencia, pero de repente un flash negro invadió su vista y solo veía su padre. Ambos se miraron como dos buenos amigos separados por la distancia y el tiempo. Parodi se acercó a su padre, no intercalaron palabra alguna simplemente se miraron y un sentimiento de paz invadió sus corazones

ABANDONO

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante" Estaba blanca, tal y como la dejó la última vez que la vió. No acometieron diálogo alguno, ella ni siquiera tocaba el suelo, solamente flotaba... Parodi no dejaba de culparse por su muerte, por no haber estado allí apoyándola hasta el último suspiro, no soportarla verla así,  esa no era su amada solo un triste suspiro de lo que antes hacía llamar esposa. Él mismo se impuso su castigo, el reclutamiento en su celda infinita, su mente, donde se marcó a fuego la fecha 2 de Julio de 2003 el día en que perdió su amada. He aquí la historia del prisionero 273 que espera con ansia el día de su autoperdón por no haber aguardado el fin con su amada.

Último cliente. Afeitado defectuoso .

 

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”.   

 -Desde que te condenaron he aprendido a rasurarme. Hoy mismo antes de venir a verte me he afeitado. ¿Qué te parece?  –dijo su visitante.

La curiosidad le pudo a Parodi.  Durante unos minutos, observó detenidamente el afeitado de su ilustre visitante y antiguo cliente. Desde luego nada que ver con sus buenas maneras de artista de la navaja. Un rasurado defectuoso, con un pequeño corte en la hendidura del labio superior, agudizó su fino olfato. Parodi, como buen “sabueso”, empezó hacer conjeturas y atar cabos sueltos. Entendió con absoluta claridad algunos interrogantes de como se habían cerrado en falso su confuso juicio. Comprendió por que  no apareció nunca su vieja y defectuosa navaja barbera. Intuyó  porqué apareció otra navaja barbera, de similares características y con sus huellas dactilares junto al cuerpo de la víctima degollada. Asesinato por el que fue condenado.  

 

Buitre negro

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Aunque lo esperaba hacía tiempo, no estaba preparado. Por alguna misteriosa razón, como aves carroñeras, siempre estaban los primeros al hedor de la muerte. Al verle allí de pie, vestido de luto riguroso, con sus negros zapatos mostrando la huella de repetidas genuflexiones, lo tuvo claro. La sentencia de muerte era firme e inminente.

 

El vis a vis

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Aquel era el día del vis a vis con su mujer, y para su desgracia no era ella. El traje y la barba mal cuidados presentaron al policía antes que éste abriera la boca. Suspiró mientras sus ganas se anegaban en el ruido carcelario. Inquirió al agente por los motivos de su visita y éste, incómodo dentro de su traje, le informó que su mujer llevaba tres días desaparecida. En el apartamento no había rastro alguno de violencia, notas de despedida ni otras pistas. Don Isidro, ya sin testosterona, comenzó una batería de preguntas que asfixiaron al agente, que prometió volver muy pronto con respuestas. Al día siguiente le llevaron a una sala de vis a vis. Una mujer policía le estaba esperando. Bueno, no es mi mujer pensó sonriente, pero qué más da, la otra tampoco lo era.

 

Los peligros del método Stanislavski

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Tac, tac, tac… Tuvo tiempo de contar siete pasos firmes acercándose por su espalda. La visita desprendía un olor a Jean Paul Gaultier y un toque reciente a Herbal Essences. Hola, dijo, adelantándose, extendiendo su brazo fuerte y su mano callosa. Hola, respondió con firmeza una chica de voz dulce, pero segura. ¿Quién eres? Ya sabes, son muchos años aquí... Parodi palpaba la mesa, reptando como una serpiente antigua y torpe y ella, instintivamente, extendió sus brazos ayudándole en el contacto. Alzó la mirada todavía con el rubor en su rostro deteniéndose a mirar sus grandes ojos azules extraviados descubriendo algo que nunca imaginó: el capo, el gran capo de la droga, aquel sobre el que estaba escribiendo la novela, su protagonista, era ciego.

 

Soy tu hija, espetó, mintiendo. Y, cuando vio su reacción, el gesto en su rostro, el chispazo en su piel, supo que no podría parar.

La trompa del elefante

El penado de la celda 273, don Isidoro Padori, recibió con desgano a su visitante, un harapiento clérigo cercano a los 100 años.

El preso indicó al anciano que tomara asiento, pero este se desplomó tras susurrar:

- También  morirás.

Parodi observaba el puñal clavado en la espalda del hombre, cuando se percató del papel que agarraba en su mano. Lo cogió con disimulo y alertó a los guardias.

Al llegar la noche leyó con ansia la misiva:

-"Tras de ti está la respuesta. El elefante no perdona"

Recordó por qué la vestimenta del anciano le resultaba  familiar; se trataba de la orden de sacerdotes cercana a su peluquería,  donde se cometió el asesinato del que le culpaban.

Imposible pensar con claridad sobre aquella noche.

Le saca de sus pensamientos un  preso  para pedirle fuego. En su brazo el tatuaje de un elefante, en la trompa un número escrito: 273.

RAMONA

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Esa señorita que tenía ante su presencia, no era de su agrado. Ramona, para Isidro Parodi, es una persona mala, muy fría y siempre estuvo emperrada por él. La cabeza de Isidro, no deja de dar vueltas pensando, ¿que querrá esta mala persona de mí? A Isidro Parodi, nunca le fallo el buen olfato y siempre pensó, que fue ella quien mato a su mujer, aunque la coartada que tenía, la librara de toda sospecha. Con muy mala leche, Isidro preguntaba a Ramona que quería y que se diese prisa en explicarse. Ramona le contesta, que como está y si necesita cualquier cosa de ella, está dispuesta a darle todo. Isidro la mira con desprecio y  con voz muy alta, la llama asesina, ella de nuevo despreciada, le contesta, que lo volvería  hacer.        

Cordones amarillos

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

Esperaba a su leal clienta Romina, con su último peinado, rapado en verde, que cada día 13 le visitaba con más datos y detalles sobre su encarcelamiento que solo conseguían enturbiar la escena del crimen y enmarañar la lucidez de Parodi… ¿Quién será el nuevo peluquero de Romina? – pensó- ¿cómo lograba mantener el color de ese tinte verde?. Algo sorprendido por el cambio de la visita, Isidro Parodi, alias “el tijeras”, esperó a que el hombre hablara desde el otro lado del cristal, cuando se le cayó la chaqueta de cuero negro de la mano. Isidro dirigió la mirada al suelo, esperó unos segundos, eternos, con la cabeza cabizbaja, acababa de saber quién era el asesino del crimen de la calle Trenzas largas.

 

¡Esa familia!

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

De su benefactora Micaela, recibía billetes.

 

La miró divertido; él, condenado injustamente por el robo de la gran esmeralda, tenía a la verdadera criminal en sus manos. Contó el dinero.

-           ¡Bien! ¿Sabe usted quién es el verdadero ladrón? -inquisitivo.

  Silenciosa, huyó pensando: “Sinvergüenza. ¡Robó la gran esmeralda!  Terminemos ya con esto.”  

 

Un cuchillo atravesó el abdomen de Parodi.  Severiano, el No. 345, soltó el arma y desde su celda, llamó a su hermana.

 

-¡Muerto, Micaela!

-Bien. ¡No más chantajes!

- Envíame dinero.

- ¡Nunca!

 

Una bala atravesó el corazón de Micaela. Severiano sonrió cuando su hijo Roque confirmó su muerte.

 

Leyó el testamento familiar: “Isidro Parodi, hijo natural de mi hija Micaela, adoptado por un tal Parodi y probada su nobleza: heredero universal”.

 

Sobreviviente, Parodi se acercó:

-           ¡Estafadores, ustedes!

Regalo de luzbel

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante quien traía flores con olor a acetona todos los días de no sé quién, buen día don Parodi, buen día respondió, aquí le traigo su ofrenda floral, otra vez sin nombre ¿de quién serán?, ¡no sé! solo las dejan en la puerta con su nombre, mira son muy distintas a los demás ofrendas y huelen muy bien, nunca las he visto, ¡cómo se llaman estas rosas! ¡No sé! De inmediato se pone a investigar, las encontré, son ellas, se llaman luzbeles, en honor a luzbel, estas rosas adornan su trono y como llegaron aquí, continua leyendo solo llegan a quien esta maldito y las envía un familiar que se encuentra allá, se estremece percibe nuevamente su aroma ese aroma le recuerda, de repente se va la energía hay un silencio en la celda muy tenebroso, él está intranquilo.

 

 

Negra perspectiva

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante; lo primero que pensó es que ya tenía bastante conmigo. Sin embargo, pronto se resignó a compartir su nueva vida con nosotras dos, y yo no tuve más remedio que asumirlo. Total, en qué podría perjudicarle una pulga a una araña en este calabozo pestífero...

El maletín

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Nadie había ido a verle en los últimos cuatro años. Su mujer pidió el divorcio y sus pocos amigos le abandonaron. Reconoció la cara que le sonreía. Se trataba de un hombre bien vestido y bastante joven. Por su expresión, comprendió que nada iba a cambiar. Era el mismo que aquella noche le entregó con discreción un maletín para que se lo guardara mientras volvía al interior del restaurante a por el abrigo. Esperó. La noche se llenó de sirenas y él no volvía. Cuando le pidieron la documentación y que abriera el portafolio, intentó decir que no era suyo. Pero la pistola le incriminó de inmediato en la muerte de la mujer que estaba en el portal contiguo. Nadie le creyó.

Esa sonrisa educada, la misma que hoy veía, era la del juez que le condenó.

 

 

EL TRATO

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

-Siempre es un placer volver a verle, Don Isidro. La voz sonaba templada, suave, como hipnótica.

No contestó. Se dedicó a estudiar, como otras muchas veces, la cara que tenía delante; la piel arrugada, los ojos hundidos, el pronunciado hoyuelo que partía en dos su afilada barbilla.

-Un trato es un trato. La libertad nunca fue gratis. Usted ya me entiende.

Parecía no escucharle, como si el otro no estuviera allí. Sacó de su bolsillo una pequeña libreta y se la puso en las manos.

-Es usted un tipo muy listo.¿Son todos culpables?

Asintió. Respiró profundamente y señaló con un gesto la salida.

-Un placer hacer negocios con usted, Don Isidro. No se puede imaginar lo que me cuesta, hoy en día, encontrar admiradores. Esbozó una amplia sonrisa, inclinó con cortesía su cuerpo hacia adelante y, al quitarse el sombrero, descubrió las dos pequeñas puntas que asomaban en su frente.

 

 

EL LIBRO

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

La puerta se cierra con un chasquido. El hombre de negro se sienta a su lado, en silencio, como en trance.

Don Isidro repasa el libro por última vez. Le tiemblan la manos. Se ha dado cuenta al mover sus dedos, de arriba abajo, sobre las hojas señaladas.

-¿Es la hora?

El hombre de negro no responde, al menos con claridad, tartamudea algo inaudible, encoge ligeramente los hombros y baja la cabeza.

Don Isidro ha terminado de leer. Cierra el libro, se levanta despacio y respira profundamente mientras estira las faldas de su chaqueta.

-Estoy preparado.

De nuevo un chasquido y la puerta se abre. Se escuchan murmullos al final del pasillo, algún llanto y unos pasos firmes que se acercan.

-No se apure. Si este libro no miente, aún me quedan muchos casos sin resolver.

Pone un brazo en su hombro, sonríe y deja la Biblia en la palma de sus manos.

 

 

 

Animar el ánima.

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Los ánimos estaban calmados, las ánimas parecían rondar como pájaros en una jaula demasiado pequeña. Animosas frases se escuchan a su paso. Animar la muerte es de insensatos, dijo. Animar, repitieron; animar, lloró.

DESCONCIERTO

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Escuchaba con apatía el eco de los pasos que se aproximaban cada vez más a través de la desierta y silenciosa galería. No podía imaginar quien podría querer visitarle tras tantos años sin que absolutamente nadie se hubiera dignado a dejarse caer por aquel inmundo lugar.

Lo pasos cesaron por fin y supo que fuera quien fuese su visita se hallaba ante su celda. Se volvió con parsimonia e indiferencia y lo que vio ante sí hizo que toda su piel se erizase y que su corazón latiera de manera desaforada.

 

Frente a él, con sonrisa cínica y burlona y mirada desafiante, se encontraba la mujer por cuyo asesinato llevaba cumpliendo condena desde cuando ya ni siquiera podía recordar...          

273 mentiras

"El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante". Leyó el borrador del artículo sensacionalista antes de arrojarlo al fuego. "Así se trataba a los inocentes en este país, puro chismorreo barato". Se dijo. Contempló el cadáver tirado en la alfombra del piso. Una bala adornaba la frente. Un bello hilo de sangre en el rostro. Siguió con el plan: puso la estancia patas arriba, guardó el dinero en la chaqueta y marchó sigilosamente. Caminó un buen rato por la vereda sin cambiar de rumbo. Tranquilo, relajado, con paso firme. Llegó a su destino más pronto de lo que esperaba sin ser visto. Se deslizó por el lateral derecho hasta llegar a Narváez que lo miró con ojos inexpresivos. Sacó el dinero y éste se apresuró a contarlo. Le entregó la pistola también. Se abrió la trampilla. Recorrió el túnel, cambió sus ropas y retiró el mueble. Volvía a la tranquila celda 273. El mundo no ensuciaría su nombre de nuevo.

Libertad para Parodi

 

El penado de la celada 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. “¿Qué querrá este tipo? ¡Tanto tiempo sin recurrirme!”.

 

El recién llegado notó la mirada de indiferencia y sin inmutarse, se sentó a los pies del camastro en el que Parodi permanecía repantingado.

 

Don Isidro, ya sé que Honorio lo tiene olvidado y que hace años que  su perspicacia no tiene reconocimiento, aunque yo sí sabré estarle agradecido.

 

Le notó el acento. “Gallego y boludo, mal asunto”.

 

¿Qué se le ofrece, amigo? Y siéntese, no se ande con protocolos. Y si le soy de utilidad, quizá pueda abrirme las puertas de esta penitenciaría

¡Ay Parodi!, le noto oxidado. No se fie de mi aspecto. Tengo un problema y seguro que usted me podrá dar las claves para resolverlo. Y, por supuesto, cuente con que mi organización le sacara de aquí sin riesgos. Acostumbramos a cobrarnos los favores y el Director nos debe muchos. Y ahora escuche…

 

 

Palabras

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No quería verla de nuevo. De hecho no llegaba a comprender cómo se atrevía a volver. Lo cierto es que ninguno quería estar ahí. Ambos sabían a la perfección dónde deberían estar en ese momento. Pero no era así. Su plan falló tornando la fortuna de don Parodi en su contra. Tan solo fue cuestión de tiempo conseguir que aquellos labios mancharan de carmin el expendiente de Pandori, pronunciando aquellas valiosas palabras. Los mismos labios que hace unos meses compartían cigarrillo con el visitado. Nadie sabe por qué lo hizo. Nadie, salvo él.

El invitado

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Ni siquiera se molestó en buscarle con la mirada, pues la presencia de aquel extraño en su celda le producía cierto desagrado. "¿Está ya listo?" preguntó con parsimonia el molesto huésped mientras se encendía un cigarrillo, importándole poco que el humo pudiera incordiar a Isidro. "La duda ofende" respondió tras dejar escapar un suspiro. Se estiró en aquella fría cama hasta que sus huesos crujieron, no oponiendo resistencia a respirar el humo ajeno. "Nunca dejas de sorprenderme" felicitó el hombre mientras se acercaba a Isidro con lentitud "Quién sabe, quizás algún día pueda ayudarte a escapar". Acarició con la yema de los dedos el labio inferior de Isidro a modo de despedida y le abandonó con sus pensamientos justo antes de volver a desvanecerse en el aire, tal y como había llegado.

Tarde o temprano

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, quien se acercaba sin apenas dejarse oír. Con semblante relajado, aquel extraño se sentó enfrente del viejo Parodi, sin mediar palabra. Movió la cabeza en ambas direcciones y se tocó el bolsillo derecho de la chupa, desgastada ya. La expresión de su rostro pasó a tensarse. Sin entender bien qué estaba pasando, Parodi comentó las ganas que tenía de echar un buen polvo al tiempo que se acomodaba todo lo que le permitía aquella silla de plástico duro. Entonces, el visitante sacó del bolsillo un pañuelo pintarrajeado que envolvía un pequeño reloj y lo extendió frente a Parodi. Los ojos del viejo parecían ahora de cristal. Su cara se volvió pálida y sus músculos se entumecieron. El extraño se levantó con un único movimiento y desapareció, dejando al otro lado a un cadáver respirando. 

Causal

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Pero de inmediato el bermellón del par de tacones que le extendía devolvió el fuego a su mirada. “Juegá, Isidro, ponételos, andá”. Isidro no terminaba de sujetarse la segunda correa cuando reconoció las nalgas morenas que se le ofrecían. Titubeó antes de penetrar aquella turgencia porque de la espalda pendían sendas alas. Su corazón, primero acompasado, ahora se agitaba en carne y sorpresa. Lo sabía: era el cliente del Mustang oro que angelical volvía –con cada solsticio—, a recordarle causa y placer del cautiverio.

SACRIFICE

Miró hacia el suelo. Enseguida reconoció los lazos rojos de aquellos zapatos casi de muñeca.

 

- ¿Qué haces otra vez aquí, Abby? - se atrevió a preguntar Padori, sin fuerzas para mirar a su cara de fresa.

 

- Sho... no sé... ¿vos no querés...? - respondió entre sollozos una mujer aún niña, con ese acento que a él le hacía girones el corazón.

 

- Es mi quinto día aquí y tu séptima visita. No puede ser. Sabes que estoy bien. Me cuidan. Leo, escribo...  Me acuerdo de ti (pensó, pero mantuvo el pico cerrado porque eso sólo les haría más daño). Siempre confiaste en mi, así que hazme caso cuando te digo que esta sentencia es el mejor remedio para el último crimen.

 

Y mientras se le ahogaba la mirada, se despidió del amor de su vida diciendo:   A ti te esperan en casa... Eres joven y preciosa. Vete, por favor. SÁLVATE TÚ.

VENGANZA

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Escuchaba con apatía el eco de los pasos que se aproximaban cada vez más a través de la desierta y silenciosa galería. No podía imaginar quien podría querer visitarle tras tantos años sin que absolutamente nadie se hubiera dignado a dejarse caer por aquel inmundo lugar.

Lo pasos cesaron por fin y supo que fuera quien fuese su visita se hallaba por fin ante su celda. Se volvió con parsimonia e indiferencia y lo que vio ante sí hizo que toda su piel se erizase y que su corazón latiera de manera desaforada.

Frente a él, con sonrisa cínica y burlona y mirada desafiante, se encontraba la mujer por cuyo asesinato llevaba cumpliendo condena desde cuando ya ni siquiera podía recordar...        r

CASO SIN RESOLVER

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Jamás pensó don Isidro Parodi, recibir en su celda al famoso detective por sus casos resueltos, Rogelio Cifuentes. Cuando a Isidro Parodi, le informaron de esa visita, se le revolvió las tripas, ¿Cómo un famoso detective como Rogelio, necesitaba su ayuda? Rogelio con una voz penetrante, se presenta en la celda 273, donde le esperaba Isidro Parodi, para oír el macabro caso que traía el detective Rogelio. La tenebrosa casa donde sucedió el asesinato sin resolver, estaba llena de sangre por todos lados, no había signos de violencia y todas las puertas y ventanas estaban cerradas, no se encontraron huellas, el cadáver que se encontró estaba lleno de cortadas de arma blanca, que podía ser de la misma arma blanca que tenía clavada en su corazón, sus ojos presentaban signos de terror. Asesinato, o suicidio.

 

 

CASO SIN RESOLVER

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Jamás pensó don Isidro Parodi, recibir en su celda al famoso detective por sus casos resueltos, Rogelio Cifuentes. Cuando a Isidro Parodi, le informaron de esa visita, se le revolvió las tripas, ¿Cómo un famoso detective como Rogelio, necesitaba su ayuda? Rogelio con una voz penetrante, se presenta en la celda 273, donde le esperaba Isidro Parodi, para oír el macabro caso que traía el detective Rogelio. La tenebrosa casa donde sucedió el asesinato sin resolver, estaba llena de sangre por todos lados, no había signos de violencia y todas las puertas y ventanas estaban cerradas, no se encontraron huellas, el cadáver que se encontró estaba lleno de cortadas de arma blanca, que podía ser de la misma arma blanca que tenía clavada en su corazón, sus ojos presentaban signos de terror. Asesinato, o suicidio.

 

 

CASO SIN RESOLVER

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Jamás pensó don Isidro Parodi, recibir en su celda al famoso detective por sus casos resueltos, Rogelio Cifuentes. Cuando a Isidro Parodi, le informaron de esa visita, se le revolvió las tripas, ¿Cómo un famoso detective como Rogelio, necesitaba su ayuda? Rogelio con una voz penetrante, se presenta en la celda 273, donde le esperaba Isidro Parodi, para oír el macabro caso que traía el detective Rogelio. La tenebrosa casa donde sucedió el asesinato sin resolver, estaba llena de sangre por todos lados, no había signos de violencia y todas las puertas y ventanas estaban cerradas, no se encontraron huellas, el cadáver que se encontró estaba lleno de cortadas de arma blanca, que podía ser de la misma arma blanca que tenía clavada en su corazón, sus ojos presentaban signos de terror. Asesinato, o suicidio.

 

 

ADN

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Remigio Balagan, el comisario que le metió entre rejas y que ahora le pide ayuda, para resolver otro de los muchos casos mal resueltos, por el comisario Balagan, como el caso del peluquero. Rechinando los dientes y con desgana, escucha a Remigio el horroroso crimen de dos cadáveres, que aparecieron comidos por las ratas, en un sótano a las afueras de la ciudad. Los cadáveres tenían signos de violencia en todo cuerpo, las manos las tenían atadas, estaban amordazados y les habían sacado los ojos. En la mano de uno de los cadáveres encontraron  pruebas de ADN, que se relacionaban con el caso de don Isidro Parodi, pruebas que podían reabrir de nuevo el caso del peluquero y abandonar la celada 273.  

«IN PARADISE»

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Se encontraba de espaldas a la entrada, rociando con colonia del economato el vello enmarañado de su pecho y pubis, cuando oyó el portazo y un taconeo nada familiar. Por el olor a tabaco, mandarinas y alcohol que invadió en un instante todo el cuartucho dedujo, confuso, que no era Melissa, su puta. ¿En qué vainas se habría metido aquella pendeja?

Aayyy, papiiitoo―lesusurró Pamela, sujetándole las muñecas por detrás. Le pinchaba un poco el bigotillo, sí, ¡pero carajo, cuántos días sin un triste arrumaco!―. Miamol, tú yaveráqué lindo, qué güeenolovamo a passsaaá

A don Isidro Parodi se le quedó bien agarrado al cerebro el aroma a tabaco, mandarinas y alcohol y se embriagó, se obnubiló, sucumbió al hechizo de aquella diosa y a partir de ese día ya solamente quiso tener tratos con ella: Gustavo Manuel en la penumbra de la 273.

 

 

CASO SIN RESOLVER

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Jamás pensó don Isidro Parodi, recibir en su celda al famoso detective por sus casos resueltos, Rogelio Cifuentes. Cuando a Isidro Parodi, le informaron de esa visita, se le revolvió las tripas, ¿Cómo un famoso detective como Rogelio, necesitaba su ayuda? Rogelio con una voz penetrante, se presenta en la celda 273, donde le esperaba Isidro Parodi, para oír el macabro caso que traía el detective Rogelio. La tenebrosa casa donde sucedió el asesinato sin resolver, estaba llena de sangre por todos lados, no había signos de violencia y todas las puertas y ventanas estaban cerradas, no se encontraron huellas, el cadáver que se encontró estaba lleno de cortadas de arma blanca, que podía ser de la misma arma blanca que tenía clavada en su corazón, sus ojos presentaban signos de terror. Asesinato, o suicidio.

Juego sucio

 

Juego sucio

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, una mujer de juventud malograda y aspecto descuidado.

 

–Ayúdeme a matarlo, –dijo mientras retiraba un mechón sucio de la boca–. ¡Mi hijo! “El Tuerto” ¡Su mala vida! ¡No perdonan que quisiera abandonarlos! ¡Delator! en todas las paredes! ¡Su vida aquí, será un infierno!

 

Silencio.

 

–¿Cuánta plata por su muerte? Una muerte digna, Don Isidro, como un macho.

 

Extendió un pañuelo diminuto con la sortija de desposada y unos molares con el oro perforado.

 

Parodi la miró un instante buscando en sus ojos la sentencia que pedía. Tenía un rastro de hermosura disfrazada.

 

–Es un muchacho débil, no podrá soportarlo.

 

–Mi vida, su camino descarriado. Mi esperanza, el ruido de sus pasos cada noche.

 

La mujer salió llorando, caminaba ligera, una amarga sonrisa en la comisura de los labios.

 

–Esperaré…

 

Parodi se levantó despacio, sin apartar la mirada. Si algo detestaba, eran las amantes despechadas.

 

UN TRATO ES UN TRATO

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

-Siempre es un placer volver a verle, Don Isidro. La voz sonaba templada, suave, como hipnótica.

No contestó. Se dedicó a estudiar, como otras muchas veces, la cara que tenía delante; la piel arrugada, los ojos hundidos, el pronunciado hoyuelo que partía en dos su afilada barbilla.

-Un trato es un trato. La libertad nunca fue gratis. Usted ya me entiende.

Parecía no escucharle, como si el otro no estuviera allí. Sacó de su bolsillo una pequeña libreta y se la puso en las manos.

-Es usted un tipo muy listo.¿Son todos culpables?

Asintió. Respiró profundamente y señaló con un gesto la salida.

 

-Un placer hacer negocios con usted, Don Isidro. No se puede imaginar lo que me cuesta, hoy en día, encontrar admiradores. Esbozó una amplia sonrisa, inclinó con cortesía su cuerpo hacia adelante y, al quitarse el sombrero, descubrió las dos pequeñas puntas que asomaban en su frente.

Vos sabés

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. La mujer del parche en el ojo era la segunda vez que se presentaba en el locutorio al otro lado de la mesa de acero. Su perfume era una mezcla de quilombo y lejía perfumada que le recordó a su peluquería de Caminito. 

La visitante esperó a que Parodi se sentase, encendió un cigarrillo y le susurró: 

-Creo que vos sabés quien ha matado a mi marido.

 

Algo se removió bajo el parche desde la ceja hasta el borde de la nariz y se acurrucó quieto. Una voluta de humo azul ascendió por la cara de la mujer y una patita peluda asomó fugazmente por delante del parche. Parodi se imaginó un vis a vis con aquella mujer, pero pensó que sería mejor avisar al alcaide si no deseaba morir por un beso de la mujer araña.

SACRIFICIO

Miró hacia el suelo. Enseguida reconoció los lazos rojos de aquellos zapatos casi de muñeca.

 

- ¿Qué haces otra vez aquí, Abby? - se atrevió a preguntar Padori, sin fuerzas para mirar a su cara de fresa.

 

Sho... no sé... ¿vos no querés...? - respondió entre sollozos una mujer aún niña, con ese acento que a él le hacía girones el corazón.

 

- Es mi quinto día aquí y tu séptima visita. No puede ser. Sabes que estoy bien. Me cuidan. Leo, escribo...  Me acuerdo de ti (pensó, pero mantuvo el pico cerrado porque eso sólo les haría más daño). Siempre confiaste en mi, así que hazme caso cuando te digo que esta sentencia es el mejor remedio para el último crimen.

 

Y mientras se le ahogaba la mirada, se despidió del amor de su vida diciendo: A ti te esperan en casa... Eres joven y preciosa. Vete, por favor. SÁLVATE TÚ.

Soy Yo

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Después de tres años encerrado, ninguna de sus visitas le habían proporcionado nada positivo.
Estaba pudriéndose en aquella cárcel.
Al aparecer aquel hombre sintió una extraña sensación. Le resultaba familiar, pero no era ninguno de los abogados que había tenido.
- Soy yo, señor Parodi.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del penado.
- Pero, ¿quién es usted?.
- Soy yo.
En ese momento fue cuando recordó donde había visto antes a ese hombre.
Su rostro apareció en todas las portadas de los diarios de hace tres años, era la pobre víctima de un brutal asesinato.
- Pero, no puede ser, ¡está vivo!.
-Sí, señor Parodi.
- Entonces, ¡soy libre!, ¡soy libre!.
-No, señor Parodi. Debe cumplir su condena. Nadie lo sabrá nunca.
Al gritar desesperado, los carceleros tuvieron que sacar arrastras al enloquecido reo.
Fue la cruel venganza del hermano gemelo de la victima.
Lo que no sabía es, que Parodi en realidad era inocente.

La duda

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Y eso que llevaba varios días esperando aquella visita. La mujer cruzó la puerta en absoluto silencio. Tan solo cruzó sus ojos con los de él una vez se sentó en la fría silla de metal. Un traje chaqueta acompañaba su pelo recogido en una coleta. A pesar de la sombra de duda que cubría su rostro, le resultó extrañamente hermosa. Soy el mejor en mi especialidad, le dijo Parodi con el fin de ganarse su confianza. Eso me han dicho, por eso estoy aquí, afirmó la mujer, desafiante. En apenas dos segundos, la actitud de la fémina había cambiado. El hombre se acomodó en el asiento. Soy todo oídos, dijo suavemente. No me gustan los mentirosos, le soltó ella. Ni a mi las mentiras, le respondió él. Se sostuvieron la mirada durante unos tensos segundos, calibrándose. Entonces, ella se relajó. Se iban a entender a la perfección.

Penado Parodi

Se sentó de lado en la silla de la sala mientras miraba a su interlocutor que no dejaba de retorcer sus dedos  a la vez que su mirada vagaba de  un lado a otro de la habitación. Parodi cambió de postura para llamar su atención. “Yo que usted empezaba a explicar la razón de su visita antes de que el amable guardia decida que ya es hora de devolverle a la luz del sol”, dijo Parodi. “No volveré a ver más la luz del sol”, dijo el desconocido, mientras de su bolsillo sacaba un sobre que le tendió a través de la mesa. “Por favor, averigüe quién me ha asesinado”. En ese momento  su cabeza cayó sobre su brazo extendido sobre la mesa. El sobre se escapó de su mano y aterrizó a los pies de Parodi dejando a la vista una foto en la que Parodi sonreía.

Penado Parodi

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Se sentó de lado en la silla de la sala mientras miraba a su interlocutor que no dejaba de retorcer sus dedos  a la vez que su mirada vagaba de  un lado a otro de la habitación. Parodi cambió de postura para llamar su atención. “Yo que usted empezaba a explicar la razón de su visita antes de que el amable guardia decida que ya es hora de devolverle a la luz del sol”, dijo Parodi. “No volveré a ver más la luz del sol”, dijo el desconocido, mientras de su bolsillo sacaba un sobre que le tendió a través de la mesa. “Por favor, averigüe quién me ha asesinado”. En ese momento  su cabeza cayó sobre su brazo extendido sobre la mesa. El sobre se escapó de su mano y aterrizó a los pies de Parodi dejando a la vista una foto en la que Parodi sonreía.

DEMIURGOS

"El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante". Pero al instante quedó conmocionado. Sus ojos, presos del miedo, no daban crédito a lo que veían. Era él. El responsable de todo. Isidro, confuso, no acertaba a articular palabra y no dejaba de preguntarse cómo era posible que estuviese allí si hacía años que murió. No necesitaban palabras para entenderse. Efectivamente, el tiempo es circular, Isidro babuceó:

-Usted sabía a lo que se exponía. Estaré aquí años, décadas, siglos...

El visitante le reclamaba su vida.

-¡No y mil veces no! Te sobreviviré, jajaja... ¡Eres sólo un demiurgo!

Entonces, aquella presencia, se llevó la mano al bolsillo. Isidro, creyendo que escondía un revólver, se cubrió el rosro. Ese gesto le impediría ver como su progenitor abría su libro de arena que en cascad de arenisca hizo desaparecer hasta la barbería de la calle México.

La sombra

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Estaba ensimismado con su colección de cromos de la liga de fútbol y no tenía tiempo para tonterías. Casi había completado los grandes equipos, y en ese mismo momento estaba acabando la lista de los cromos repetidos para intercambiar en el patio. La desgana se reflejó en su rostro cuando se presentó, sin mediar palabra, el Director del penal en su celda.

 

-       Ya le he dicho que estoy ocupado, que no me interrumpan.

 

-       Pero don Isidro, si le traigo fabulosas noticias. Ha llegado una notificación del juzgado ordenando su puesta en libertad inmediata.

 

-       ¡Naderías!, todavía no he terminado el álbum. Váyase y no me interrumpa más.

 

El Director le miró apenado, aquel hombre ya no era sino una sombra en manos del Alzheimer.

 

El momento

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, ni siquiera se levantó de la cama cuando este entró. El recién llegado tomó la silla que estaba en el rincón y se sentó junto al señor Parodi.

—Has tardado, ya ni te esperaba —dijo el preso.

—Era pronto, ahora es el momento.

Por el ventanuco se distinguían las nubes que discurrían despacio. El silencio en la prisión parecía artificial, nada era como siempre. Don Isidro dejó el libro que estaba leyendo sobre lo que pretendía ser una mesita de noche.

—Procede entonces.

Sobre la cama, en una breve estantería, descansaban cuatro libros mil veces leídos. La celda se iluminó: las nubes habían dejado a la vista a la luna que quiso asomarse y ver cómo don Isidro, sobre el camastro, por fin descansaba. 

 

La Muerte le cerró los ojos y salió por donde había entrado.

 

Asesinato fallido

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Desde que le avisaron que tenía una visita, no había podido conciliar el sueño. Le costó decidir si aceptar la visita o negarse, pero la curiosidad y el tedio pudieron más que su temor. ¿Quién podría ser? Parodi no dudaba que el nombre que le habían dado era falso. No le quedaba familia y tampoco amigos. Su carácter violento e intento de homicidio hacía años que había alejado a todo el mundo.

Esa mañana se levantó antes de que sonara el timbre. Muy a su pesar, notó que le temblaba la mano al vestirse y se sentó en su camastro a esperar a que el guardia abriera su celda. Con pasos inseguros entró en la sala. Una mujer lo esperaba sentada a una mesa. Se le acercó y ella se limitó a lanzarle un escupitajo a la vez que le gritaba. ¡Qué te pudras, malnacido!

Era su ex mujer. 

Perfil equivicado

"El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante".

-¡Qué pasa Parodi!-dijo la inspectora con aires de superioridad- traigo la rueda de unos sospechosos. Estamos buscando a un cabrón que secuestra niños. Recuerdo que tienes un don.

-¿Qué te hace pensar que os voy a ayudar? Sabes que estoy aquí por tu...

-¡Cállate Parodi!. ¡No empieces! Las pruebas eran las que eran.

-¿Unas tijeras?¿Soy el único peluquero del lugar? Creo que quieres tenerme aquí, solo para ti.

-¿Vas a ayudar o no? Sabes que si ayudas la pena...

-¡Será rebajada! Ese cuento ya me lo sé... Muéstrame a los sospechosos. -dijo sarcástico.

El reo observó con detalle. Pómulos prominentes, mandíbulas cuadradas, miradas desviadas...

-Os estáis equivocando, buscad a alguien con expresión más amable, capaz de ganarse la confianza de los niños. Alguien como...¡aquel!-expresó señalando al convicto 013.

-No me tomes el pelo, ¡es un preso!

- Comprueba sus permisos penitenciarios...

Soy yo

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Después de tres años encerrado, ninguna de sus visitas le habían proporcionado nada positivo. Estaba pudriéndose en aquella cárcel.
Al aparecer aquel hombre sintió una extraña sensación. Le resultaba familiar,  pero no era ninguno de los abogados que había tenido.
- Soy yo, señor Parodi.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del penado.
- Pero, ¿ quién es usted?.
- Soy yo.
En ese momento fue cuando recordó donde había visto antes a ese hombre. Su rostro apareció en todas las portadas de los diarios de hace tres años, era la pobre víctima de un brutal asesinato.
- Pero, no puede ser, ¡ está vivo!.
-Sí, señor Parodi.
- Entonces, ¡ soy libre!.
-No, señor Parodi. Debe cumplir su condena. Nadie lo sabrá nunca.
Al gritar desesperado, los carceleros tuvieron que sacar arrastras al enloquecido reo.
Fue la cruel venganza del hermano gemelo de la victima.
Lo que no sabía es, que Parodi en realidad era inocente.

Don Isidro Parodi recibe a la mensajera de Bob Dylan

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Cómo explicar que el huérfano está en un rincón de la ciudad y que llora su pistola bajo la luna. Sus ojos muestran los latigazos del azar de la autopista, sus manos de cristal tiemblan en los bolsillos del pantalón.  El cielo se  recoge y el suelo se mueve cuando se cierra la puerta y bajo una manta vaga un corazón por los arrabales de un tango que evoluciona a blues. Cuestión de tempo, pibe, dijo entre dientes Parodi. Pucha que son largas las noches de invierno, dijo Parodi dirigiéndose ya a su visitante. Ándate con ojo, viejo, dijo la visitante. Si se llama a las puertas del cielo, puede que se abran.  Sí, contestó Parodi, cuando la cerillera agote su última llama, ¿verdad, Baby Blue?

Ella y Su Twitter Negro

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Y no me extraña. La desgana cuando es sincera pone muy caro el disimulo.
Ella me contrató para rastrear su vida en Internet.
En Twitter hay seis perfiles con su nombre, uno con el don por delante: @IsidoroParodi, de "Don Isidro Parodi". Existe desde marzo de 2012, el mismo mes del atraco.
"Mortal el concierto del domingo, pero Roger, porque Rayban?" Ese es su único tuit escrito. Publicado el 20 de marzo de 2012. Su cuenta sigue a 17 perfiles pero el suyo solo es seguido por @lsalander7, de una tal "luciana m", que usa como foto de perfil la portada de "Millennium 4. Lo que no te mata te hace más fuerte".
El último tuit de Luciana M es del 25 de junio, el día del cumpleaños de él. Dice: "Una pena que ya no se tengan en cuenta cosas más importantes como los valores".

Cuco

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Irrumpió justo en el momento que don Isidro cebaba su mate. No por ello la visita era inesperada. Era un visitante asiduo. Don Isidro recuerda aún sus primeras visitas. La sorpresa que suponían y cómo era capaz de pasar desapercibido al resto. La naturalidad era su principal virtud. Don Isidro se acercó a su mesa. Tomó su estilográfica y escribió con trazo firme una pequeña nota. La enrolló en un canutillo diminuto, y procedió a atarlo en la pata de su visitante, Cuco. Éste se dirigió a la ventana con un vuelo elegante. Don Isidro recuperó su mate, con la tranquilidad de saber que la última pista del caso llegaría a tiempo a su destino.

El penado de la celda 273

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

-¿Cómo  prefieres morir,  Isidro?

Don Isidro, sin mirarle, siguió con su rutina  carcelaria y permaneció sentado. Quién era esa persona que se atrevía a amenazarle y tutearle. No estaba acostumbrado  a tanta insurgencia.

-¿No me has entendido?

El preso  se pasó sus manos por su cabeza afeitada. Le inquietaba esa nueva presencia. Y fue resiguiendo con su mirada esos globos oculares saltones que le observaban  fijamente.

-Hoy  estoy decidido a buscar tu final.

Por primera vez, Don Isidro no sabía qué decir. Apenas percibía el aire en sus pulmones,  necesitaba moverse pero sus piernas aplomadas en el  suelo no le respondían. El visitante desenfundó su pluma estilográfica y la clavó en la yugular de Don Isidro. La sangre  caía desesperada por su cuello mientras la tinta escrita  por Jorge Luís Borges acabada, por fin, con el personaje de su última novela, Don Isidro Parodi, el penado de la celda 273.

 

Un mal corte de pelo

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano al visitante. La última vez los cigarrillos no fueron de su agrado, rubios, norteamericanos. Escasea el negro y fuerte, ya casi no se cultiva; el inspector Braulio Montés le entregó un paquete envuelto en papel. Don Isidro se acercó el paquete a la nariz e inspiró con fuerza su rancio aroma. Levantó una esquina del deshilachado colchón y lo enterró. Sólo entonces invitó a acomodarse a su visita señalando hacia la única silla de la estancia.

La cartera de piel marrón lucía desgastada por donde más pasan las manos, el inspector la puso sobre sus rodillas y sacó una carpeta de cartulina azul. Sin decir nada se la entregó. El rostro de don Isidro cambió del gris convicto al rosado esperanza; otro caso que el infalible inspector Braulio Montés no supo resolver. Observó el corte de pelo del inspector y suspiró. Bajó la mirada y abrió la carpeta de cartulina azul.

La última cena de Isidro Parodi

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante mientras se aliviaba sentado en el retrete. No se incomodó. Solo miró al sacerdote que entró con una biblia entre las manos. Los pasos del carcelero alejándose y los restos de la cena de Parodi bailaron sobre el silencio de los dos hombres.

La pobre luz de la bombilla no permitía que Parodi distinguiera sus facciones. ¿Qué más da?, se dijo. Con tanto tiempo preso, todas las caras le parecían ya la misma.

«Yo nunca quise esto, don Isidro».

La voz de su antiguo chófer le descolocó. Mateo contaba con ello, y se había propuesto aprovecharlo. Del Evangelio según San Juan, salió una pequeña pistola del 22, oculta entre sus páginas recortadas. Un «no» ahogado precedió al impacto de la bala en el cuello. Sangre y heces fueron juntas al océano, como en un grotesco funeral vikingo.

A Mateo solo le quedó ya la pactada liberación de su pequeño.

Adelma Badaglio utiliza a Marcela Lagarde para liberar a don Isidro Parodi

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Madresposa, monja, puta, presa y loca, siempre andaba en clave de sororidad doña Adelma Badaglio y le advertía a don Isidro Parodi que no era más que un constructo sociocultural. Cuando la vio por última vez, don Isidro se estaba acercando al orden simbólico de la madre. Adelma, te estrellas contra el imaginario colectivo, le dijo. Pero entonces la señora Badaglio tocaba las teclas del empoderamiento y no le escuchó. ¿Quieres largarte de aquí?, le preguntó la señora Badaglio.  El señor Parodi pensó que ¡claro!, ¿cómo no? Pero ¿cómo? Eres un ser para otros, dijo la señora Badaglio. Estás enraizado en el inconsciente histórico y te mantiene preso únicamente una dominación simbólica. Abandona el sistema de pensamiento que te ha hecho famoso, y empezarás a ser un ser para ti. Por si te ayuda, he venido a decirte que no voy a escribir la biografía de Honorio Bustos Domecq.

LA CAJA INFERNAL

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. El inspector Bermejo había mostrado una actitud hostil hacia él desde que descubrió su aventura con la trapecista de la compañía. Creyó que el ilusionista había trucado el mecanismo de la Caja Infernal para que la cuchilla decapitara a su esposa durante el número que les había hecho famosos como pareja circense. El Gran Parodi nunca olvidaría el grito ahogado del público que había asistido a la función matinal del Circo Price cuando la cabeza de su mujer, la Bella Dorita, cayó rodando sobre la arena. 

-Está usted en libertad - le informó el policía -. Hemos comprobado que el cerrojo de seguridad fue descorrido desde el interior, una vez que la caja hubo sido cerrada. Su esposa sabía que le engañaba y se quitó la vida con la esperanza de que la culpa recayera sobre usted.

Para él, conocer la verdad fue aún peor castigo que el garrote vil.  

 

 

 

Los polvos no siempre traen lodos

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”.

Ahí la tenía, de frente. Primero revisó su peinado: un artístico moño inglés. Luego, el ceñido vestido con chaqueta a juego. Quería impresionarle, seguro.

Preguntó:  -¿Qué se le ofrece?

- Me envía Molinari. Por mi hermano. Una zorrita lo enamoró. Luego enceló al novio de mi  hermana, que se suicidó.

“Justicia, cobarde, ¿qué hombre eres?” Así mi madre, machacona, hasta que, desesperado, fue a acuchillarla.

Tenía llave. Me dijo que estaba dormida, que ni despertó ni apenas sangró. Sospeché.

Luego, se entregó. La policía no buscó más, pero yo sí. Soborné a la criada. Encontró esto (extrajo una cajita de rape de entre el moño, deshaciéndolo)-. ¿Qué es? ¿Servirá?

Parodi olió: droga, purísima. ¡Una sobredosis! Ella ya estaba muerta; reciente, por eso sangró.

- Que Molinari visite al químico Florez (rehízo el moño escondiendo la cajita). Tras el análisis, que avise a Montenegro: Sabrá qué hacer.

NOCHE EN EL LAGO

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

Ya había examinado las fotografías. Marcas de frenada de neumáticos, de otro vehículo junto al lago, pisadas detenidas en la orilla y cuatro pequeños extraños agujeros en la tierra.

Sin signos de violencia.La ocupante del Volvo se había ahogado delante de alguien que había permanecido allí, sin moverse.

Mientras, a varios kilómetros, rememoraba la escena. Su cara pidiendo auxilio intentando bajar la ventanilla. Súplicas primero, insultos después...Nada sirvió. Volvían de aquella cena. Siempre tan insufrible. Iba en el coche de delante.Patinó. Cayó al agua de golpe.

Se hundía deprisa....Resultaba casi irreal. Sacó una silla plegable del maletero, de las que llevaba para acampar al ir de pesca. Se sentó a presenciar el espectáculo. Como ver una trucha agitándose...

Ni la había rozado...

¿Era eso igual que cometer un asesinato?

El caso

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a un visitante en la tarde del día 24 de noviembre. No se identifica a dicho visitante debido a un error de los funcionarios encargados de la tarea.

El día 26 de noviembre, Isidro Parodi recibe la visita de la misma persona, de nuevo sin identificar, pero esta vez el penado se muestra claramente nervioso y claramente inquieto.

El día 28 de noviembre, la celda 273 aparece completamente vacía. La puerta está cerrada, y no se encuentra ningún túnel después de un exhaustivo reconocimiento.

El día 1 de diciembre, el presidente del Gobierno aparece asesinado en su despacho. La causa de la muerte es un fuerte traumatismo craneal provocado por un golpe con un martillo, que se encuentra tirado en el suelo del despacho. Después de un análisis, se hallan las huellas dactilares de Isidro Parodi en el mango del martillo.

 

Estos son los hechos, detective. Y vamos a asignarle el caso”.

Hello Mister Parodi

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante radiofónico. A petición del alcaide, le habían instalado un equipo de Radio Porteña para que emitiera un programa, «Consultorio negro y criminal», con el fin de evitar la afluencia de visitantes que entorpecían el desarrollo de la rutina penitenciaria.

Su vecino de la 274, experto timador con grandes dotes oratorias, se ofreció para atender las llamadas cuando Parodi se ocupaba de la preparación del mate.

«Es ella», susurró el ayudante. Resignado, cogió los auriculares, se colocó junto al micrófono y escuchó, por ser quien era, a la exuberante rubia oxigenada que hablaba desde el otro lado de las ondas. Ella contó un enrevesado episodio de celos, maridos y amantes. Después le pidió ayuda para encontrar a su verdadero amor que había desaparecido.

 

            Don Isidro Parodi suspiró y, pacientemente, aconsejó lo de siempre: que lo buscara bien, que no era la primera vez que perdía el frasco de Chanel número 5.

El letrado

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.
-¿Quién es usted?
-Su abogado de oficio.
-Yo no tengo abogado. Me defiendo solo.
-¿De veras? ¿Y qué hará cuando en el juicio el fiscal presente pruebas de que usted empuñaba el arma que estaba junto al cuerpo sin vida de su mujer?
-No lo sé. ¿Qué hará usted?
-Proporcionarle la mejor defensa pos…
-Yo no lo hice.
-Eso no me importa… ¿Quién lo hizo?
-Unos tipos de la mafia rusa a los que debía dinero. Les gusta usar esas tácticas. Con eso dan una lección a los que no pagan: mataremos a tu mujer, y tú te pudrirás en la cárcel. Creo que me sedaron y pusieron la pistola en mi mano… Yo amaba a mi mujer. Sin ella, ya nada importa.
-Si son los culpables, podemos ir a por ellos.
-¿Usted va a ir a por ellos? Le matarán.
-Bueno… Intentaré afrontar los problemas uno a uno.

La copa vacía

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.”

La señora Puffendorf-Duvernois sobrevolaba la cincuentena. Alisaba con recato su vestido gris.
-¿Le suena Desiderio Chivo?
Parodi asintió. Había leído los pormenores del caso la semana anterior, en un artículo de Molinari. La esposa, Adelfina Juvenales, a quien el finado doblaba en edad, lo envenenó. Molinari no había vuelto a escribir en el diario desde entonces.
-Desiderio y yo éramos muy íntimos –el susurro le erizó a Parodi el vello del cogote.
La mujer sacó del bolso media botella de El Gaitero.
-Molinari me hizo muchas preguntas. Pero también confidencias.
Parpadeó. Parodi le mantuvo una mirada que luego descendió como rayos x hasta las rodillas. Ella cruzó y descruzó las piernas. Le pasó una copa llena y rozó sus dedos. El cosquilleo anunciaba un desenlace incontenible.
-Chico malo. ¿Le dijiste que Adelfina es inocente?
Parodi sonrió. Dio un sorbo al mismo champagne que Desiderio y Molinari. Merecía la pena.

El Aspirante

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un tipo esmirriado, encogido sobre sí mismo, pelón y con un bizqueo en el ojo izquierdo que, unido a un tic que le agitaba la cabeza, enervó al preso, aunque siguió mostrando su habitual cachaza de obeso y su imperturbabilidad de veterano huésped del hotel rejas.

– Buenas tardes, señor Parodi, mi nombre es Elisendo Zurdo – se presentó alargando su mano izquierda, lo que descolocó a Parodi, que se la estrechó del revés con su derecha, a pesar de lo cual notó la firmeza y fortaleza del miembro.

– ¿Cuál es su profesión? – preguntó Parodi.

– Treinta años de mamporrero sin tacha.

– Está usted contratado – aseveró el preso.

Hacía días que recibía aspirantes a demandadero y confidente, pero no hubo esfuerzo en decidirse por Elisendo porque, siendo un eficaz guiador de penes a pesar de sus lisiaduras, no habría nadie mejor para culminar los recados con tino y para sonsacar cualquier información.

Desesperado

“El penado de la celda 272, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Ariel Acosta, el abogado que le defendió en su aciago juicio, por fin le traía buenas noticias. Ni tan siquiera se incorporó de su caótico y mugriento camastro. Parodi, le escuchó con las manos detrás de la cabeza sin mover un músculo de su demacrado semblante. Estaba claro que, después de nueve años en la celda 272 del Establecimiento Penitenciario Nº 2 de Córdoba, había perdido toda esperanza de recuperar su libertad. La Cámara Federal de Apelación había fallado hacía unos meses rechazando su segundo recurso; sólo le quedaba La Corte Suprema. Esa fue “la buena noticia” que le dio su abogado aquella fría mañana de otoño: que el recurso presentado ante La Corte Suprema había sido admitido a trámite. Poca cosa para Isidro Parodi habituado a reveses judiciales. Lo único que le pidió a su abogado fue el cinturón del pantalón.
Jonás Flores.

EL DICTAMEN

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.
Abrió con desdén el sobre que el forastero arrojó sobre la mesa, ojeó algunas páginas del expediente guardado en su interior y, tras analizar el documento gráfico anejo, abandonó con náuseas la sala de visitas. Jamás anexo alguno de un informe forense soportó tantas vísceras inconexas y tan cruelmente desmembradas.
Don Isidro —el avezado sabueso curado de espantos—, lívido y sin habla, presa del pánico ("atenazado por la barbarie", matizó él mismo, años más tarde, en sus memorias), necesitó la ayuda de otros reclusos para recorrer las galerías del centro penitenciario. Ya en su celda, un llanto ácido, como el vómito reprimido minutos antes, corroyó la almohada de su camastro. Por primera vez desde su injusta condena, se alegró de estar entre rejas, a salvo del mundo civilizado.
El alcaide esperó en vano el dictamen de Parodi.

Vamos de paseo

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un tipo de costumbres ordenadas, así que hubiera preferido que el guardián de su pasillo esperase fuera hasta que el peluquero, cuya maquinilla le hacía cosquillas en el cogote, terminase su trabajo.
El guardián se había asomado a la pequeña celda, y como era de esperar le había preguntado por la maleta sobre el camastro. Don Isidro se encogió de hombros.
“Unos pocos recuerdos para mi hermano. Escritos, un par de pinturas... Poca cosa”. El guardia sopesó la maleta y la dejó a un lado, junto a la pared. “Luego volveré a por ella. ¿Cómo va eso?”. El peluquero recogía sus bártulos. “Ya he terminado”.
Don Isidro se miró en un pequeño espejo. “Me ha dejado algo de pelo en las sienes… ¿no arderá con los electrodos?”.
“No se preocupe”, contestó el guardia. “No tiene importancia”. Y, asiéndole del brazo, le invitó a salir de la celda.

La mano

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante mientras cebaba un mate en un jarrito.
—Me imaginaba que pasaría por aquí —dijo, ofreciéndole la infusión.
—¿Me conoce? —preguntó extrañado el visitante.
Parodi buscó entre varios periódicos y le enseñó la primera página de uno de ellos.
—Una generosa distracción del subcomisario Grondona.
—Entonces, ¿ya sabe el motivo de mi visita?
—Si el marido de la secretaria del embajador de España en Argentina, acusada del asesinato de este, se presenta en esta celda concreta no puede ser simplemente para efectuar una obra de misericordia.
—Entonces… ¿me ayudará?
—¿Puedo hacerle una sola pregunta?
—Adelante.
—¿Su esposa es zurda?
—No, claro que no.
—La herida mortal recibida que muestra esta fotografía solo puede haber sido ocasionada por una persona que utiliza la mano izquierda. La esposa del embajador lo hace. Obsérvela aquí firmando este documento mientras mira con odio a su esposa. Su mujer quedará libre pero...vaya preparando el divorcio.

"El incómodo rival"

El penado de la celda 273 Don Isidro Parodi recibió con algún desgano a su visitante.
No le gustaba aquel tipo. Traje caro, porte altivo, una mirada que traspasaba los pensamientos y un sentido del humor que acompañaba con un frenético movimiento de manos. Todo el conjunto desprendía desconfianza.
Con la mujer la sensación era diferente. Su presencia era más amable, sonreia a veces. Sólo cuando miraba a su jefe el gesto era serio y uno se percataba de que cumpliría las órdenes a rajatabla.
No volverían más veces, estaba seguro, la información era suficiente, hasta ahí llegaba su colaboración. Se quedó con la sensación de que algo no iba bien, trataba de entender el por qué de tantas indagaciones. Sus temores se vieron confirmados días después. El programa matinal abrió con la noticia, dejó de afeitarse y mientras se miraba en el espejo supo que el misterioso visitante no tendría a su incómodo rival en una tercera vuelta.

No corresponde

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Diez minutos antes el guardia que lo conducía a la sala le había dado una desgarradora noticia.
—Anularás la visita, supongo.
Isidro negó. Sus labios dibujaban la sonrisa macabra del que va a afrontar una extraña experiencia.
“No corresponde”, pensó el guardia. Su hijo acababa de morir en un terremoto.
Isidro saludó al visitante y tomó asiento.
—Pablo, estoy aquí por ti. Tú cometiste el crimen. Lo arreglaste para inculparme. ¡Se acabó!
—Chist. Si gritas ya sabes quién morirá.
—Ya está muerto. No puedes matarlo otra vez.
Isidro se incorporó con un objeto en la mano.
La mente del guardia se disparó: La amenaza neutralizada por la muerte del hijo, el regodeo del culpable presentándose en la cárcel, el rato que dejó a Isidro solo en la cocina…
La mano trazó un arco veloz. El guardia no pudo impedir que el cuchillo alcanzase la carótida del extorsionador.

Dulce hogar

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Recordaba el caso, por supuesto, aunque no el nombre de todos los implicados. “¿Qué tal, Isidro querido, ya razonaste?”, preguntó la hermosa sonrisa. Con gracia y ductilidad una falda se acomodó a la silla y dos esbeltas piernas se cruzaron. “¿Viste? Te traje el papelito”. Parodi miró el documento. Después de tantos meses, aún le aguardaban su tranquila hacienda y su paciente esposa. En breve estaría fuera y no conseguía recordar el nombre de los testigos –tan ebrios como él mismo aquel día- que le ayudaran. Tendría que escoger: o su mujer o su casa, o su mujer y su casa. Y empezaba a considerar firmar en la línea de puntos. La sensacionalista prensa había exagerado los decesos, pero, según se acercaba el día de su liberación, se le asemejaban más y más aquellos dos dedos que sujetaban el papel de divorcio a unas largas y negras patas de araña.

Matiuscas

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano al visitante pero el movimiento de la mano, señalando con la palma hacia arriba aquella banqueta, le hizo ver que era bienvenida. Se sentó de forma poco elegante, con el bolso en el suelo y las rodillas pegadas, sobre las que colocó el paquete.
- Señor Parodi, no sé si me recuerda, soy Cristina Celado, periodista – Parodi la interrumpió con un chistido.
- ¡Calláte! ¡Si volvés a repetir tu nombre te quedás sin él! –y luego rio bajito, haciendo que su sangre se helara - La española desnombrada… ¿Lo trajiste?
Se lo pasó por el cajón metálico, él se acomodó en el suelo y lo abrió.
- ¡Matiuscas!
Fue sacando a la pequeña de la grande mientras Cristina perdía su paciencia.
- Señor Parodi... la chica…dónde cree que está -la chistó de nuevo y señaló a las muñequitas rusas.
Las miró resignada y entonces sintió el clic de su cerebro
- ¡Joder!

Por una caja de Cynar

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.
-¿Y bien? –preguntó el relamido secretario del alcaide-. Las desapariciones no han ce- sado. ¿Cuál es su conclusión?
-El criminal pretende que no se inicie una investigación por asesinato. Han revisado po-
lígonos, canteras, acequias y drenado hasta los charcos.
-Entonces, ¿están muertos?
-¿Lo dudan todavía? Comprueben sus cuentas corrientes, seguros... Vidas y barrios dis- tintos para un mismo destino: morir asesinados. ¿Cómo? Lo desconozco. Quiero que los privilegios que anoté en la lista se hagan efectivos. Y una caja de Cynar.
-¿A quién investigamos? No hay indicios de los paraderos. Si han fallecido, ¿dónde están los cuerpos? Es imposible localizarlos.
-Un cadáver tiene restringida la movilidad, es más fácil encontrar a un muerto que a un vivo.
-Aparque la mordacidad Parodi, ¿qué sabe?
-Atiendo cabezas, escucho y observo. ¿Dónde no desentonaría un féretro? En un camposanto. El director de uno de ellos es el cabecilla de una banda.

EL ÚLTIMO PROBLEMA DE PARODI

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Señor distinguido, traje impoluto, gafas de empollón. Pensó que se trataría de alguno de los personajes que el periodista Molinari le acostumbraba a mandar, y que le obligaban a estrujarse las meninges con sus monólogos interminables. Nada más lejos de la realidad. Don Isidro se quedó petrificado cuando el susodicho se presentó como su nuevo abogado de oficio, y le notificaba que quedaba libre después de veinte años de prisión injusta acusado del homicidio de Pata Santa. "El verdadero asesino se ha desmoronado y ha confesado". "Tantos años ha necesitado el condenado para venirse abajo. Extraña personalidad, sin duda" dijo Parodi.
En las puertas de la cárcel pensó en el jarrito celeste donde cebaba mate y que había olvidado en la celda. Mantenido durante años por el gobierno y sin nadie que le esperara a la salida, el detective sedentario se sintió más preso que nunca.

Un traje elegante

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un hombre pequeño, tenía la barba cuidada, vestía un traje elegante. Sonreía confiado. Parodi recobró el interés. Su visita habló sin ceremonias: necesito su ayuda, señor Parodi. Hay un asesinato que desconcierta a la Policía, y dudo de que sean capaces de resolverlo. Ya veo, le dije, supongo que habla de la muerte del hacendado Ricardo de Otálora. En efecto, dijo, soy su pariente, y sentía gran afecto por mi tío. Dicen que usted no falla nunca en sus deducciones. Me halaga usted, contesté, y mandé llamar al guarda. Vino de inmediato. Y bien, ya conoce la respuesta al misterio, inquirió. En efecto, afirmé. La actual violencia campesina contra los terratenientes, fue el pretexto. La arrogancia de venir a mi celda a probar mis capacidades, el móvil. Y vestir un traje caro con unos zapatos baratos de jornalero, lo que le delató a usted. Guardia, prenda a este hombre.

EL ESPEJO

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Pues había llegado un nuevo preso, el número 274, pero este no era el número que llevaba en su mono naranja, era el 273, el mismo número que Parodi. A su mente acudieron oscuros pensamientos a raíz de la aparición de su nuevo compañero, querían quitárselo de en medio, tal vez comía demasiado o gastaba demasiada agua caliente, descubrió que era prescindible… Parodi sabía que era el 273 pero por qué el otro también lo era, por qué le seguía con la mirada a cada paso que daba, por qué tenía su mismo corte de pelo y facciones. Ambos se quedaron mirándose inquisitivamente, el miedo al remplazo hizo que los dos corrieran a atacarse, pero después de este acto de ira solo Parodi estaba sangrando, alrededor los restos del espejo que causó su muerte. 

Dos besugos sin diálogo.

"El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante".

 

- Jesusito de mi vida, eres niño como yo...

- Me llamo Isidrito, soy mayor de edad y no tengo espinillas.

- ¿Te gusta la paella?

- ¡Que va, niño! De Valencia es mi familia.

- Te pareces a mi nieto, el de Cuenca. Tiene tus mismos ojos.

- Se los devolveré cuando salga libre.

- No monto en taxi, Isidro. Viajo en bus.

- ¡Anda!, en viajes largos en tren veía cine.

- ¿Cuál es la canción que más gustó?

- "Otra vez, amigo", de "Psirius". Un poeta que dibujó para Getafe Negro. El reo oye una voz. Sufre esquizofrenia. ¡Parece que hay que explicártelo todo, besugo!

- Sí, me pillaste. Maté al besugo y lo puse para desayunar. Soy el nuevo cocinero.

- Pues yo soy preso, por matar al diálogo. Una muerte terrible.

- ¡Ah!, ahora lo entiendo todo, señor Parodia.

- Pues serás tú, listo. Yo no.

 

 

Una rubia nada grave

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No era plato de gusto que una rubia escultural contemplara las miserias de un hombre encarcelado. Hubiera preferido conocerla en otras circunstancias; ahuecar aquella melena con sus dedos, acariciar su cuello de cisne mientras se miraba confiada en el espejo, poner una corona de rulos sobre tan primorosa testa. Había llorado, un rastro de rímel tiznaba sus pómulos, lo que la hacía aún más sugestiva; vulnerable. De repente, un hilo de voz demasiado agudo salió de entre sus labios. No se correspondía en absoluto con aquella imagen divina. Parodi quedó tan afectado que ni siquiera comprendió una palabra de tan afilada jerga. Terminada la diatriba la mujer volvió a llorar y al salir, de espaldas y en silencio, recobró otra vez su estatus sagrado, dejando al condenado sin saber de qué diantres se le acusaba ahora. 

Inocencia pormenorizada

"El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante", Doña Dorita, viuda de Don Antonio. La señora le entregó una carta hallada en el lugar de los hechos. Las agujas del escrito pinchaban la dignidad de Don Isidro. Reo de la mala fortuna, fue él quien avisó al Comisario Mostini de la presencia del cuerpo. Estaba gélido y grisáceo como el metal del arma homicida: unas tijeras de peluquero.

En el remite de la carta, los datos de Parodi, y su firma, simulada, no guardaba correspondencia con la del convicto. El Comisario Mostini no dudó de la inocencia del barbero. Sin embargo, el jurado popular dictó su veredicto, culpable, fundamentado en las huellas dactilares encontradas por Policía Científica en el manuscrito.

El penado, contactaría con Doña Juana, para que demostrara con gran pericia su inocencia. La personalidad psicópata plasmada en el escrito, los arpones y golpes de látigo característicos de Don Germán, gemelo univitelino de Don Isidro, le delatarían.

 

Última voluntad

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No se malinterprete esto último: la mujer era más que correcta: alta, rubia, despampanante. La clase de mujer por la que uno pierde la cabeza. Sin embargo, cuando Parodi formuló su petición tenía otra cosa en mente: bajita, rechoncha, de ojos pardos y sonrisa burlona. La clase de mujer por la que uno pierde la vida.

Hoc Voluerunt

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, a pesar de que sus piernas largas y las curvas sinuosas de su cuerpo hubiesen merecido otro tipo de atención. Su sombra llegó antes que su presencia física y fue invadiendo poco a poco el espacio del penado, atravesando los barrotes de la celda gracias a su propiedad incorpórea.

No le hizo falta ver su cara o escuchar su voz, pues su delicado perfume, mezclado con el olor a colillas mal apagadas y puros de terceros le clamó quién era. Sus ojos se encontraron en el mismo momento en el que el eco de sus tacones, amenazantes como cualquier buen arma afilada, dejaron de resonar en la estancia. Su boca se secó. Sus manos se humedecieron.

El desgano había sido sustituido, de pronto, por una agónica ansiedad. Sabía quién y tan solo unos segundos le separaban de saber el por qué, en el dónde más irónico, su celda 273.

Una sencilla solución

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era la hora de la siesta y el caso se presentaba aburrido. El típico asesinato de habitación cerrada: nadie entra, nadie sale; luego, ¿cómo es posible? Tras escuchar los tediosos detalles, las quejas –“No me han dejado ni ver el cuerpo, ¿qué le parece?”- y las sospechas del desolado marido, el reo emitió su veredicto: “Es usted un necio. La respuesta la tiene a sus espaldas”. Don Isidro sonrió al ver la cara de desconcierto del hombre al volverse para encontrar a nadie. “Y cuídese del chófer, que también se acuesta con su hija”, dijo al despedir al atribulado con un gesto de la mano al tiempo que se incorporaba trabajosamente en su catre. Justo a tiempo. Otro caso resuelto antes de la llegada de la cena.

Dolor de cabeza

EL PENADO DE LA CELDA 273, DON ISIDRO PARODI, RECIBIO CON ALGUN DESGANO A SU VISITANTE: -A qué carajo venís vos, ghayegoo!..Ya le dije a Neuman que el revolver fue depositado en la cisterna del retrete del notario que firmó el testamento...Pero no lo quieren comprender, YAÑEZ el judío, hace running por la calle sonriendo al vecindario, porque su coartada se basa en su cita para afeitarse a navaja en mi peluqueria... Yo no tengo la culpa de que su mujer a esa hora me pidiera sexo suave y sincero sobre la encimera de la cocina...Busquen al asesino de Naty en esas huellas del arma...y en las cláusulas del documento. No tengo la culpa de que el cornudo no supiera llevarla al orgasmo...

Simetría

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. El recién llegado era un hombre ciego, avejentado, casi tímido.
Parodi lo observó en silencio durante 10 ó 15 segundos y le dijo:
—Es tal como lo imaginé, Borges. Dígame, ¿a qué debo el honor de su visita?
—Vengo a solicitar su perdón. Lo he calumniado en mis cuentos, le inventado un aspecto, una manera de hablar, y no quiero morir con esa culpa.
—De acuerdo. Está usted perdonado.
Borges esbozó una suave sonrisa y salió del lugar.
Al instante, Parodi rio con malicia y murmuró:
—Pobre iluso
Luego de eso, tomó su cuaderno y en despareja cursiva, siguió escribiendo el borrador de “Vida de Jorge Luis Borges”. Y es a ese texto, apócrifo y mendaz, que nos hemos formado la imagen de ese escritor argentino, que en realidad nunca existió.

Una visita obligada

“El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Te esperaba antes. Supongo que vienes a decirme que no soy culpable del asesinato de Daniela. Tu declaración como testigo durante el juicio, no me ayudó mucho. Diría que la empeoró. ¿Tú conciencia no te deja dormir? Su visitante, sonrió maliciosamente. Te equivocas Isidro, duermo muy bien y de un tirón. Sólo me despierto por la noche para orinar por culpa de la maldita próstata. ¡No me digas que ya te da guerra la poronga! Creía que funcionabas bien, y que tú eras uno de los que te acostabas con la pobre Daniela. Isidro, sabes muy bien que yo no era su tipo; sin embargo, la quería con todo mi ser. Silencio en la celda 273. ¿Entonces a que has venido? ¡A ver cómo te pudres poco apoco!

Jonás Flores.

La mejor

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. La mujer, curtida en desprecios, soslayó el desaire y comenzó a hablar: Me dijo que había comprado un pequeño apartamento, una especie de habitación propia, que necesitaba espacio y tiempo para él. Y yo no lo entendí. Después me dijo que tenía una amante. Pero eso ya lo sabía. Añadió que su amante era mejor que yo en la cama. Y eso me dolió. Ni para chupársela valía ya. Y entonces apareció el niño. Le dio un empujón y lo estrelló contra el pico de la mesa. Casi le abre la cabeza. Pero no lo mató, don Isidro Parodi. Ahí se equivocó usted. Fui yo la que le abrió la barriga al niño antes de matar a aquel cabrón, para que viera que todavía había cosas en las que yo era la mejor.

Enroque

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Que el alcaide hubiese esperado a la hora del cierre de celdas para abandonar su despacho había sido una torpeza por su parte. Al aceptar los términos de Parodi, reconocía su dominio de la situación. ¿Pero qué otra opción tenía? Ninguna, desde el momento en que descubrió que el funcionario que desviaba fondos de la cárcel era el propio alcaide. Las pruebas estaban a buen recaudo. Si Parodi desaparecía, su abogado las haría llegar a la capital. Quedaba la cuestión del precio por su silencio, y con tal objeto se había convocado la reunión. La puerta se abrió, pero el alcaide no entró. Se limitó a dejar el periódico del día, donde se informaba de la muerte de un letrado de la ciudad en un accidente de tráfico acaecido la noche anterior.

Detrás de la oreja.

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, pues a pesar de que los días en prisión eran aburridos (y apenas llevaba cuatro), estaba a punto de rendirse ante los dominios de Morfeo.
El visitante llegó desde alguna parte de la cabeza, detrás de la oreja. Cierta parte de él ya sabía que aparecería, pero una vez que lo sintió de verdad...no le quedó otro remedio, Morfeo esperó mientras Isidro se sentaba (estaba recostado) y se echaba las manos a la cabeza, y los ojos se empapaban, y...No había vuelta atrás, era consciente de ello.

Sale detrás de la oreja, y a menudo tiene razón (no había vuelta atrás, era consciente de ello).

La Nota

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, su aspecto desaliñado le molestaba. No le apetecía nada anunciarle la resolución del problema que le había planteado la semana anterior. Miró al visitante entre los barrotes, del bolsillo extrajo un sobre que le entregó. – Haga usted el favor de abrirlo cuando salga de aquí-dijo el preso. Asintiendo con la cabeza, el desaliñado visitante, sin mediar palabra, lo asió. Tras cruzar la puerta del penal, con cierto nerviosismo, rasgó el sobre. Del interior sacó la pequeña nota donde leyó: EL ASESINO ES USTED.

Amante y parentesco, combinación peligrosa.

El penado de la celda 272, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante”. Después de saludarse, utilizando unos auriculares, y separado como medida de seguridad por un cristal blindado, escucho pausadamente los argumentos que le daba su pariente. La agria conversación duró escasamente tres minutos. Parodi se quitó los auriculares, se levantó de la silla y pidió a su carcelero que le llevase de inmediato a la celda 272. A partir de aquella inesperada visita, su cabeza no paraba de dar vueltas sobre lo contado por su allegado. Parodi, día tras día fue atando cabos hasta llegar a la conclusión que, su delito fue producto de su candidez. Y que la clave de su condena por un asesinato que no había cometido, fue las huellas dejadas en aquel inoportuno güisqui que se había tomado la noche del crimen en la casa de la mujer que resultó asesinada.

Aquí no hay quien duerma

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, que se presentó inesperadamente en su celda a eso de las tres de la madrugada a través de un agujero en la pared sobre el camastro, cuyos escombros le sacaron abruptamente de un dulce sueño. “Vaya, parece que volví a equivocar el rumbo”, se disculpó el zapador volviendo a internarse en su túnel. Don Isidro gruño, apartó algunos cascotes, sacudió el polvo de las sábanas y se cubrió con ellas hasta las cejas. “Todas las noches la misma historia”, gruño antes de volver a dormirse.

Fin de la historia

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Ruso, el capo de los “Amos del calabozo”, entró cuchillo en mano, cubierto de sangre, tras desembarazarse de los sicarios que custodiaban la celda de su eterno enemigo. “Suelta eso no te vayas a hacer daño”, le instó don Isidro al recién llegado, que le miraba fuera de sí. Ruso se lanzó sobre él al grito de “al fin estás en mis manos”, y le besó apasionadamente.

Deuda Pendiente

 El penado de la celda 273, don Isidoro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

 

-                       - ¿Novedades del tema Parodi?

-                      - Ninguna.

 

 

 El visitante en traje negro completo rodeó la silla de Isidoro Parodi con lentitud. -Cada paso una vida- pensaba el penado. Se detuvo. Sus rodillas tocando el espaldar. Su respiración parecía  estar contenida, el silencio ensanchaba el tiempo aún más.

 

 

-                     - Escriba: Yo Isidoro Parodi admito haber cometido el crimen del que se me culpa.

 

 

 El penado, que tenía enfrente un cuaderno lleno de frases, números, direcciones, dio vuelta un par de hojas y encontró una página en blanco. Escribió exactamente lo que el visitante le  dictaba. Al finalizar, su cara no era de angustia sino de una digna resignación.

 

 

 

-                   - Si hubiera resuelto el caso Padori, nada de esto habría sucedido. 

La sutil esencia de lo atávico

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Lo último que habría deseado es que un cura acudiera a verle. Tampoco se encontraba tan mal para que le diesen la extremaunción ni, que él supiera, le habían condenado a la pena capital. Con aquel uniforme negro le pareció un grillo enorme. Por un momento pensó que se pondría a cantar en cualquier momento. Por Gardel, claro está, y se imaginó que un montón de hembras acudirían al reclamo. Llevaba demasiado tiempo sin sexo. Detectó en el clérigo un aire familiar que le resultaba incómodo. Era tan joven que parecía recién ordenado. El pollo saludó lacónico mientras hacía una señal de la cruz con las manos. Parodi torció el gesto, ya de niño tuvo que dejar de usar los crucifijos que le regalara su madre porque le producían urticaria. Marcaban su piel con un sarpullido muy parecido al que la esclava de plata producía en la muñeca del novicio. 

EL LAGO

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

Ya había examinado las fotografías. Marcas de frenada de neumáticos, de otro vehículo junto al lago pisadas en la orilla, cuatro pequeños agujeros equidistantes en la tierra...

Sin violencia. La ocupante del Volvo se había ahogado delante de alguien que había permanecido observando, sin moverse.

A varios kilómetros Ella rememoraba la escena:Su cara gritando auxilio intentando bajar la ventanilla.Súplicas primero, insultos después...nada sirvió.Volvían de aquella cena. Siempre tan insufrible.Su coche derrapó y cayó al agua de golpe.

Se hundía deprisa.Parecía casi irreal.Sacó una silla plegable del maletero,de las que llevaba para acampar al ir de pesca.Se sentó a presenciar el espectáculo.Como ver una trucha agitándose en el anzuelo.

Ni la había rozado.

Un crimen sin asesina.

El verdadero culpable

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

“Don Isidro, debo hablar con usted”. Isidro le preguntó el nombre mientras se atusaba el bigote. “Eso ahora no es importante, lo importante es contarle que estoy aquí porque se quién es el verdadero asesino del crimen del que se le acusa”.

El visitante había logrado captar la atención de Parodi. “Bien, ¿y quién cree que fue el asesino?” preguntó, intentando mostrar el mayor desinterés.

“Usted bien lo sabe, Don Isidro. Fue usted y nadie más, pero lo que me interesa es saber por qué lo hizo, qué mal le había hecho para odiarlo tanto.”

Isidro, furioso, trató de alcanzar al impertinente chivato, al visitante acusador. Este esquivó uno por uno todos sus embistes hasta que el finado cayó rendido.

 

Se oyó el chirrido de la puerta al abrirse. Por ella apareció el vigilante de la prisión: “Don Isidro, ya es la hora, debemos llevarnos el espejo”.

EL LAGO

El penado de la celda 273, Don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

Ya había visto el expediente y las fotografías. Las marcas de frenada de los neumáticos, las de otro vehículo junto al lago, las pisadas detenidas en la orilla y los extraños y equidistantes cuatro pequeños agujeros en la tierra...

Ningún signo de violencia. La ocupante del Volvo se había ahogado delante de alguien.Imposible saber quién ni por qué estaba allí, sin moverse.

Mientras, a varios kilómetros, rememoraba la escena: Su cara pidiendo auxilio intentando bajar la ventanilla, las súplicas primero, los insultos después, nada sirvió...Volvían de aquella cena. Siempre tan insufrible. Iba en el coche de delante, patinó y cayó al agua de golpe.

Se hundía deprisa...Resultaba casi irreal. Sacó una silla plegable del maletero, de esas que llevaban siempre para acampar al ir de pesca. Se sentó a presenciar el espectáculo. Como ver una trucha agitándose...

Ni la había rozado...

¿Era eso igual que cometer un asesinato?

LA VISITA

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.Le habría agradecido que acudiera otro día; hoy no se encontraba de humor para según qué cosas. Aún así cogió el telefonillo intercomunicador para hablar con su abogado.

 ¿Qué tripa se le habrá roto hoy a este picapleitos? –pensó el recluso”. Aquél, como si le hubiera leído el pensamiento, le dijo en tono vehemente que venía a comunicarle que su caso había dado un giro inesperado: después de tanto tiempo habían encontrado una nueva prueba que le absolvería de toda culpabilidad.

Parodi quedó estupefacto al oír la buena nueva. Estaba a un paso de la libertad tan añorada, pero ¿se encontraba preparado para retomar su vida anterior en el punto exacto en el que la dejó?. Sin dirigir la mirada al letrado el interno colgó y desapareció tras la puerta. 

 

Otra vez, amigo

- No me esperaba, ¿verdad? ¿Pensaba que se había librado? Aquí estoy otra vez, amigo. Quizá, 6 años desde la última visita. En ese banquete, acuerdese. Se lo dije, solo tenía que cumplir mis mandatos estrictos hasta el final. Las útimas, acabó desestimándolas. Su mujer y su hijo también tenían que haber caído, como los demás. No me culpe. Fue usted, no yo. No debió empezar a tomar esos fármacos prescritos. Estos fueron los causantes de confesar esos necesarios crímenes que le atormentaban desde su ingesta. Con suerte, señor Parodi, será perpetua. Si es así, que lo deseo ansiadamente, le visitaré a menudo, como antaño. Espero que esta vez no me vuelva a fallar ni se ablande. ¿Se ha fijado? No me gusta como nos observa aquel funcionario con cara de parásito repulsivo. Seguramente, tendrá órdenes en breve. ¡Ah!, me olvidaba. Aquí no dan esa medicación, ¿verdad señor Parodi?

El campeón arrepentido

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, un joven escritor que estaba escribiendo su historia. El campeón de mundo de boxeo estaba pasando por malos momentos, había sido engañado, arruinado.

Carlos Carpio, recién licenciado quería publicar su primera novela, pero sin querer había descubierto una trama en la Federación Mundial de boxeo. 

Apuestas, dinero negro, sicarios, amenazas. 

Isidro Parodi lo desvela todo y la publicación del libro supone su muerte. 

El escritor huye y desde su exilio, lucha por salvar su vida. Quiere encarcelar a los culpables, antes de que le maten. Y solo un arrepentido puede ayudarle.

Drogas de pólvora

 El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Se trataba del funcionario de prisiones quien le comunicó que su condena había cumplido, era libre. Había logrado sobrevivir.

Tras 14 años en prisión salía con una clara intención, vengarse de quienes le hicieron cumplir esa condena. 

Aún hoy se sentía engañado, traicionado, su exmujer pagaría todo el daño pero no sería fácil. Tendrá que encontrar a muchas personas y su vida fuera de la cárcel corría aún más risgo...

En sus manos…

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, pero no ocultó su interés cuando el guindilla le propuso recrear la vieja peluquería en su actual cubículo. Únicamente le pedía a cambio ese olfato que antaño le había servido para sacar algún durillo extra de los trapos sucios de sus clientes. Cortando y peinando sus manos escrutaron una por una todas las cabezas de internos y funcionarios. El único que no consintió que le pusiera la mano encima fué precisamente el alcaide, alegando alopecia severa. El comisario le felicitó y accedió a dejarle la barbería. Eso sí, se llevó tijeras y navajas y al alcaide esposado.

El bucle

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No estaba de humor para muertos, aunque tampoco lo estaba para sopas ni planes perfectos de huída, que era lo que le había ocupado todo el día.

- Don Isidro, he matado a un hombre, del cual nada sé y desconozco cómo.

Y pensó de nuevo un plan, que no fue perfecto hasta que estuvo preparado, con taza y cuchara, para empezar la cena.

EL CANILLITA DEL ONCE.

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, no obstante aquel canillita del Once era la tercera vez que aparecía por allí en la última semana. El tipo comenzó a hablar sin que Parodi tan siquiera le preguntara. Lo encontré, dijo, tenía usted razón. Parodi se quedó sorprendido mientras sorbía el mate aguado, pensó en preguntar pero desistió. El tipo no callaba, se movía de un lado a otro de la celda sin soltar prenda. Lo vi, dijo al fin, lo vi cuando escapó por la cancela del palacete de Barracas. Él se llevó mi futuro, gritaba, ese pibe me lo sacó todo. Parodi asintió mientras volcaba la yerba y cebaba de nuevo la calabaza. Cuando chasqueó la lengua ante el primer golpe amargo de la infusión, el canillita ya no estaba allí. Pobre loco pensó. Segundos después su voz se escuchó lejana, en la celda 280. Lo encontré, gritaba ante el nuevo reo, tenía usted razón.

Cena para dos

Cena para dos.

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.  Después de tantos años en la misma celda sin ninguna visita, se había acostumbrado a su larga soledad. Cuando entro en la sala de visitas, la vio. Sentada detrás del cristal con el telefonillo en la mano. El bolso en la repisa. Un traje negro ajustado y unas gafas negras que sujetaba su pelo rojizo. El tiempo no se había quedado ni en su cara ni en su cuerpo. El no le culpaba de nada. Ella le había instalado de por vida en la celda 273. Se conocieron, intimaron.  Descubrió lo que hacía, exigiéndole que cocinara para ella, lo hizo con agrado. Disfrutaba de sus delicadezas que le servía, todos los jueves. Se saludaron, paso su lengua sonrosada por sus labios diciéndole   solo  dos palabras:” tengo hambre”. Sonrió mandándole un beso al aire. Cuando actuaba, las cortaba en filetes, ella se los comía. Un guardia le entrego una tartera.

Su sitio

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un hombre bien vestido, con un traje de esos que se acostumbra a ver por el Barrio Norte de Buenos Aires. Tomó asiento y miró fijamente a los ojos de don Isidro. - "Tu sitio me pertenece". No tardó don Isidro en darse cuenta a qué se refería. - "Has resuelto cientos de casos. Es el momento de resolver el tuyo y demostrar tu inocencia", volvió a intervenir el visitante.
Parecía una oferta difícil de rechazar... pero no para don Isidro, que se levantó y con voz firme dijo. -"La visita ha finalizado". Dio media vuelta y con paso firme se dirigió a la celda 273. Su sitio.

Carta de Libertad

El penado de la celda 273,don Isidro Parodi, recibió con algún desgano al visitante. Con cara de asco y el cabello engrasado, le miró fijamente sacó la H&K Compact del calcetín izquierdo y la puso sobre la mesa del Policía Local de Aquisgrán que le detuvo el dia de autos: Ésta es la única pieza del puzzle que les faltó. Pero quisieron acusarme del asesinato de Kravchenko, solo por mi perfil de bebedor de vodka y su sesgo atributivo hostil les hizo errar... Los cartuchos están en el cuerpo de la víctima, supongo. Yo aquel dia solo buscaba una noche de sexo y olvidar un amor porteño...Espero mi carta de libertad en breve, si no seguirán muriendo más personas...por no haber ejecutado a tiempo una extradición. Piénsenlo.

Martín Pescador 779

Ése dia no quería ver a nadie...Sin embargo, se personó Guttmann mi abogado confirmando mis pronósticos: indultado a cambio de confesar mi semitismo y de delatar a los demás gentiles del ghetto de Buenos Aires. Pero no lo hice y aquí me tenés pibe, en prisión permanente revisable... Parece una joda pero solo ahora valoro lo que derroché cuando era libre. Me queda mucha vida aquí a cambio de no ver morir mi nombre ahí fuera. Todo por Nada, como reza Cuaderno de Nueva York de Hierro.

Una visita más

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.
-Sé que no quiere verme-dijo sin saludar siquiera.
-No me importa verlo. Lo que no quiero es que sea tan a menudo. Temo que nuestros destinos se mezclen.
-Tampoco a mí me gustaría eso. Pero no puedo evitar que se rocen.
-Está bien-dijo Parodi. Termine con su parte para que yo pueda seguir con la mía.
El visitante se irguió un poco más antes de hablar.
-Como director de este penal le transmito la oferta del señor ministro de nombrarle máximo responsable del nuevo servicio de investigación criminal. Lo cual llevaría aparejado el cambio a la celda 69. Con todas las ventajas que esa ubicación comporta y que usted conoce.
-No. Por favor cierre al salir.

Culpable por vocación

La vocación me llevó a encerrarme en esta celda de cuyo numero si quiero acordarme. Yo quería cortarle el pelo y afeitarle las barbas a los peores asesinos de Mar del Plata. Preguntarles el motivo de su iter criminis y sacarles algo más con el fin de escribir este microrrelato. Pero no saqué nada en claro y tuve que encubrir a Lalo el mafioso de Palermo, para hacerme un currículum honorable. Ahora espero el tercer grado para volver a mi peluquería, tras comprobar que la vida de la gente normal es mucho más interesante y truculenta. -...Los fuerabordas llegarán esta noche a Playa Samil con cinco fardos de sueños blancos en polvo...(rezaba el telegrama sobre el cadáver de Parodi)...Un ghayego vestido de corrupción los distribuye esta tarde en el Puerto Náutico de Vivo. Conduce una bicicleta eléctrica y sonríe a los turistas. A/A JUEZ/A DE INSTRUCCION N.7 DE VIGO.

Numero 273

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. No obstante, trató de disimularlo, intuía que por algún motivo desconocido sus días en la cárcel iban a depender de él. Tambaleándose, arrastrando el peso de su cuerpo se levantó del suelo, hizo esfuerzos por sostenerse de pie, pero finalmente, por la debilidad de su estado, tuvo que apoyarse en la pared. Surgiendo a duras penas de su profundo caos anímico, concentró su atención en el visitante, un personaje inesperado en el estrecho escenario de su celda.
Él como una mole de granito permanecía impenetrable, en silencio, con los ojos fijos en los suyos. Su mutismo le desconcertaba, había irrumpido en su particular desierto sin un objetivo claro. Los minutos de incertidumbre se le hicieron eternos, hasta que el extraño le entregó el menú de su última cena.
Sonrió aliviado. Tomaría cordero y pastel de chocolate.

El letrado Gutiérrez

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Desde el caso de la viuda del letrado Gutiérrez, don Isidro no parecía el mismo. Nunca pensó que le iba a afectar tanto. El pensamiento de poder haber evitado ese terrible asesinato le iba a acompañar sin remedio. Lo único que le mantenía vivo tras los barrotes de esa celda, se había desmoronado. El día que asesinaron al letrado, también mataron a don Isidro. Y mataron a la celda 273. Dejó de ser núcleo de investigaciones. De idas y venidas. De susurros. De confesiones. Los visitantes ya no traían vida a la celda. Sólo eran visitas. Con poco ánimo se acercó al visitante. Fijó sus ojos en él: el letrado Gutiérrez.

Disparo inmobiliario

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante, un prestigioso abogado pagado por una persona anónima.

Una finca de 15 hectáreas en Arbucies (Gerona), un proyecto inmobiliario y un balazo en el pecho. Es 3 de Marzo de 2015, cuando cientos de vecinos se reúnen para tratar de presionar al propietario del terreno y forzar el desbloqueo de la situación. Quieren que se pueda construir allí la nueva sede de la Universidad deportiva de Gerona y un centro comercial. Promesas de empleos.

Sin embargo Albert Balmes, su propietario, se niega tajantemente a vender. Presiones diarias y amenazas le llevan a huir, a esconderse, pero pronto será descubierto y llegará su final.

Periodistas y Mosos investigan este asesinato, pero mientras unos quieren cerrar el televisivo asesinato a toda costa, otros siguen una pista que culparía a un politico local.

EL NECIO

EL NECIO 

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Era un esbirro del Mejías.

-          - Don Isidro, le traigo las cenizas de su peluquería. Quién iba a imaginar que cabría en una cajita.

-          - Pues fíjate que en la próxima cajita vendrás tú dentro.

El hombre soltó una sonora carcajada. Luego gritó:

-         -  ¡Diga de una vez dónde tiene escondido el testamento de don Claudio!

-         -  Pobre don Claudio. ¡Cómo le tembló el pulso cuando firmó, a punta de navaja, un nuevo testamento!

-          - ¡Después de su tiendita, quemaré su casa!

Parodi sonrió.

-          - No lo tengo. La fortuna de don Claudio irá a los pobres, como fue siempre su voluntad.

El hombre, furioso, lanzó la cajita contra la pared, esparciéndose las cenizas.

-          - ¡El Mejías se va a enfadar mucho con usted, Isidro Parodi!

-          - ¡Y más contigo, que quemaste mi tiendita con el testamento dentro! ¿Se lo cuentas tú o se lo digo yo, al Mejías?

 

 

 

 

Por algo hay que empezar

 

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante. Por supuesto que nadie podía sospechar el motivo de la visita de aquel joven barbilampiño. Nada mas cruzar la puerta, observó el movimiento tenso de su cuerpo y la intraquilidad con que se frotaba las manos. Contaba con la experiencia suficiente para saber que tras aquella prestancia física se escondía una persona débil e insegura. Con un gesto, le invitó a que se sentara en la silla que tenía justo frente a él. Un mar de metacrilato los separaban. A veces, las distancias cortas no son las que nos ofrecen la mejor perspectiva, le dijo en voz queda. El joven le miró fijamente. Parodi captó su extrañeza ante el cigarro que fumaba. Privilegios de la edad, exclamó, impaciente ante tanto preámbulo. El joven abrió la cartera y extrajo un recorte de periódico. Es lo único que tengo, explicó el joven. Por algo hay que empezar, respondió Parodi.

Las capas de la cebolla

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante.

Con lo tranquilo que yo estaba durmiendo la siesta, pensó.

Pero se abstuvo de hacer comentarios y puso su mejor sonrisa a disposición del caballero.

Porque si no lo era, lo parecía. Con su traje bien planchado, sus zapatos recién abetunados y su sombrero de ala ancha tenía toda la percha de un galán.

 

– Sea bienvenido a esta humilde morada.

 

El visitante saludó, quitándose el sombrero y dejando a la vista un bisoñé barato.

Vamos pelando capas, como una cebolla, se dijo Parodi. Cuando se saque la chaqueta porque hace calor confesará que maltrata a su mujer. Si se descalza porque uno de los zapatos le apriete, me dirá que ha matado a alguien por encargo...

 

– Me han recomendado visitarle. Tengo un par de muertos encima...

– ¿Le gustan las cebollas?

 

– ¿Disculpe?

Tenía todas las respuestas

El penado de la celda 273, don Isidro Parodi, recibió con algún desgano a su visitante que, para variar, interrumpió la ceremonia del mate. Cuando el intérprete políglota entró,  Parodi echó un vistazo al pasillo y se percató de la cola que se había formado. Aquello parecía una auténtica Babel. Jaritos y Carvalho gritaban acompañándose de señas en griego y castellano. Didio Falco y Guillermo de Baskerville latinaban, al tiempo que Montalbano intentaba seguir la conversación; los de habla inglesa, tipo Marlowe o Spade, charlaban con nórdicos como Wallander o Sveinsson; los franceses, Adamsberg,  Servaz y compañía, cuchicheaban aparte. Incluso el chino Chen Cao se esforzaba para comunicarse con el alemán Bernie Gunther.

Don Isidro Parodi suspiró resignado: tenía para todo el día. Abandonó en el suelo el jarrito azul celeste y se dispuso a escuchar.

Siempre ocurría lo mismo: cuando limpiaban la biblioteca y desempolvaban los libros, ellos salían de entre las páginas para que el penado de la celda 273 resolviera sus casos.

 

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